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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

El pie

Con este relato he ganado el I accesit esta noche, en el concurso de Micro-Relatos de Remeros.

Por supuesto, tiene dedicatoria: a Juan, por darme pie y por tener unos pies que inspiran.



Mientras uno leía, el otro se escondía debajo de las sábanas, para evitar la luz.
Era de noche, fuera estaba lloviendo pero apenas llegaban ruidos a la habitación del hotel, de quinta planta, cuatro estrellas y ciudad grande.
El que se escondía bajo las sábanas, buscaba, además del sueño, la postura para estar más cómodo.
En una de estas búsquedas topó con algo, y le preguntó al otro:
-¿Es este tu pie?
-¿Cómo?- Respondió sin dejar el libro y sin mover los ojos de su sitio. Apenas con un susurro dijo, sin  interés, "¿cómo?"
-Que si esto que estoy tocando es tu pie…
-Mmm… No – Respondió seco y sin ganas, moviendo la pierna para demostrar que estaba en otro sitio, en su sitio.
-Entonces, ¿esto qué es?
El que estaba leyendo hacía esfuerzos para no perder la trama y seguir al policía de su libro. El otro, inquieto, levantó las sábanas y allí se encontró un pie. Un pie suelto, del número 42 aproximadamente y con las uñas perfectamente cortadas y limpias. Blanco y sano, sin rastro de sangre ni de corte alguno. Parecía que se había desprendido solo y sin dolor del resto de un cuerpo.
-¡Aquí hay un pie! – Gritó, manteniendo la colcha levantada.
-Pues no es el mío – Dijo, aún tranquilo y sin casi voz.
-Mírate bien, anda
-¿Estás loco? Mira, míralo y duérmete ya – Dejó el libro, quejándose. Se separó las sábanas y justo donde terminaba su tobillo, también terminaba él.

El cuento del hombre de papel

Me puse el pijama, busqué el libro y encendí la luz de la mesilla. Quité la colcha y encima de la almohada estaba él. Dormido, estirado, con color de lápiz y cara de papel, dormía feliz sobre mi almohada. Estoy segura, me dije, ha venido a contarme un cuento para que esta noche me quede con él.

 

Tengo un amigo que me contó que no entendía una frase. Era algo así como: Viena es más Viena cuando se está en Paris. Se la había dicho un parroquiano de un viejo bar de pueblo, que frecuenta al salir del trabajo. Dice que la dijo con autoridad, que él no le creyó y que se enzarzaron en una acalorada pelea. Al final, mi amigo terminó en la calle y sin cervezas y el parroquiano con dos dientes menos y una desviación accidental del tabique nasal.

Yo si, se lo dije. Mira que se lo dije. Respiré hondo, moviendo la cabeza, miré al cielo. Cerré los ojos, me puse una mano en la cadera y con la otra le acompañó el gesto a: "pero vamos a ver, ¿cómo es que no lo entiendes?"

"Justo entonces, cuando estás en París no es que todo allí se vea mejor porque la luz es más clara y el aire más fino." Insistí: "No es por eso. Es... por lo otro. Y yo, yo lo se, pero no te lo puedo explicar mejor". Sin palabras, terminaba con un: "¿Es que no lo ves?" que no nos llevaba a ningún sitio.

Llevo meses intentando encontrar las palabras justas para explicarle por qué Viena es más Viena cuando ya no estás allí, cuando no la ves, cuando no oyes sus ruidos, justo entonces, en París, con otros sonidos, otras luces, otras gentes, justo allí es cuando más intenso es el olor de las calles de Viena.

Levanté la colcha y allí estaba él. Un dibujo de él. Y justo allí, tumbado y de papel, estaba más dormido que nunca encima de mi almohada, con cara de Juan sin Miedo y de sueño, de tanto sueño que seguro que soñaba conmigo.

Me reí. Me dije que si, que ahora sí que se lo puedo explicar. Pero lo haré mañana.

 

Del día que hicimos un musical

Para María, pequeña Kankaku, porque se lo ha ganado y para One, por enseñarme la letra y silbarme la música

Lo hemos hecho. Algo había que hacer y por fin… Lo hemos hecho.

Lo hemos hecho después de meses sentadas en este despacho largo, tan largo y tan lleno sólo de mesas y sillas, color hospital.

Días en blanco, pasados a golpe de tic y de tac, de ¡ay! y de ¡uff!, cansados, lánguidos y cada jornada, más lentos.

El sol había empezado a entrar por las ventanas desde hacía unos días. Habíamos cambiado de uniforme. Los limpiadores habían quitado el polvo a las ventanas. Todo esto pudo influir.

Nos habíamos empezado a fijar en las hormigas. Las que rastreaban por el suelo un poco de comida y las que seguían a los guías, por el centro de la ciudad. Ahora estaba más lleno de turistas que nunca.

También pudieron ser los cohetes. Los espaciales, que descubrían ahí fuera mundos nuevos y los que aquí dentro explotaban descontrolados.

El cambio de hora, comer ensaladas de tomates. Qué se yo.
La cosa es que algo de esto nos había despertado.

Poco a poco, alargamos los brazos, abrimos los ojos y a los pocos días, empezamos a silbar. La misma canción, sin saberlo.

Después movimos los pies al ritmo de la música y vimos que el ritmo era el mismo.

Hoy ha sonado en toda la habitación. Larga, rotunda, sin duda. Es nuestra canción.

¿Y si lo hacemos?

Nos hemos mirado, hemos contestado a la vez:

-¡Si!

Nos hemos subido a la mesa y hemos empezado a cantar por Pétula Clark. Esto ya no se puede parar. Un nuevo truco para seguir riendo. Porque sabemos mirar las cosas como hay que verlas: siempre de la otra manera.

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Fernandito está llorando

Sabía que las paredes eran finas. Sabía cómo, sin querer, se escuchaban las conversaciones en la casa de al lado. Se cómo se llaman los niños, a qué juegan, qué meriendan o a qué hora los bañan. Se, por el otro lado, lo cansada que está la madre de ejercer y las ganas que tiene de salir corriendo sin cerrar la puerta.

Todo esto lo tenía claro, pero hoy, que pasé más horas de la cuenta dentro de casa, he notado cómo latía la casa de los vecinos. Era casi como si quisieran entrar en la mía. Mi casa, hoy más chica, encerrada y apretada contra mi, dejaba que los vecinos se hicieran más grandes, tuvieran más vida.

Por eso se desde esta tarde que a Paula le encanta tocar el tambor. Su padre, seguro que tumbado en el sofá, bosteza a mandíbula larga (esos bostezos de sábado-tarde sólo pueden darse tumbado en un sofá;) y la madre, trasquila las macetas en el patio.

Ahora, de  noche, he llegado temprano. He subido las escaleras y quizás mi ruido le ha hecho despertarse. Y soñar. Uno de los más pequeños lloraba solo y rodeado de monstruos. Al rato, seguro que detrás de la luz, la madre suave y de manos finas ha llegado a la cuna. Explicando, con esa lógica que no tenemos, que los monstruos no estaban. Creyendo a pies juntillas que allí no había nadie. Intentando convencer a Fernandito que no tenía por qué tener miedo.

Aùn así, Fernandito se ha tomado su tiempo. Ha llorado hasta quedarse dormido.

Es complicado. Soñar con tener la cama llena de monstruos. Tener pesadillas si se queda vacía. Hacernos grandes y seguir con el rollo de las pesadillas. Con dormir más de la cuenta, con no poder hacerlo, con que la vida pasa y estamos sonánbulos, con que vivimos rodeados de monstruos, con las sombras de las paredes que nos hacen imaginar que vienen a por nosotros....Es difícil saber llorar y saber cómo dejar de hacerlo. Quizás el llanto y las cosas que pican, dan miedo, hacen llorar, etc. deberían estar más a la mano. Si lo estaban cuando éramos hijos de cuna, ¿por qué dejamos que nos las vayan quitando?

Fernandito ya vuelve a estar dormido. Yo hago lo que puedo. Me voy dejando.

Tokio es de papel de arroz

Suena el despertador. Son las 7 de la mañana y es jueves. El sol empieza a amenazar con meterse por la ventana, abierta de par en par y sin cortinas.

- No quiero ir a trabajar... No quiero levantarme hoy, ¿me firmas una tarjetita para mi jefe que le diga que no voy a la oficina hoy?

-No - me dice, seguro- mejor métete aquí, debajo de las sábanas.

Con el brazo derecho levanta rápidamente la colcha y me enseña el escondite secreto.

-Métete aquí, venga - insiste

Sin rechistar le sigo y mientras me voy adentrando en el escondite, se vuelve y me dice:

- Ya verás, desde aquí podemos ir hasta Tokio. Eso sí, allí todo es de color papel, blanco y limpio, pero no te preocupes, así tendremos más sitio: tú para escribir cuentos y yo para dibujar cómics.

Nos debimos quedar dormidos, o quizás sea verdad que viajamos hasta Japón, porque al despertar, los dos decíamos haber soñado con Tokio y con monigotes de cuento. No llegamos a tiempo al trabajo, y aunque nosotros aún no nos hemos enterado, parece ser que desde hoy, Tokio está dibujado a lápiz y tiene algún que otro cuento escrito en español, con letra de médico, que aún no han conseguido descifrar.

Menos mal que nos queda su cama, grande y blanca y algunas paredes de papel de Tokio.


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