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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

Buzz Lightyear

Hacia el infinito y más allá...

Siempre que llegan estas fechas, me acuerdo de Buzz Lightyear. En realidad se llamaba Nacho y le conocí en la Feria, aquel año que estaba llena de madrileños porque tenían un puente muy largo, con aquello del 1 y del 2 de mayo. Yo en ese tiempo también vivía en Madrid. En una caseta, en la cola del baño me puse a hablar con él. No puedo concretar la conversación, no sólo por el paso de los años, si no por la manzanilla, que seguro hacía ya aguas en mi cerebro, pero el tipo se reía mucho con lo que le contaba, puedo asegurarlo y recordarlo.
Al rato vino a buscarme (¡¡me quiso secuestrar!!) pero me negué a marcharme de allí. (kit kat: me siento como Sara Montiel contando sus memorias en estos momentos). Eso sí, le di mi teléfono (a una no la intentan secuestrar todos los días, con lo que a mí me gusta) y quedamos en Madrid.

La semana siguiente, al salir del trabajo, me esperaba en la puerta de un bar, de esos bares rancios, de camarero con pajarita, lleno de personas mayores jugando al mus y con nombre (el bar) de ciudad inglesa y que en vez de bar se llama pub. Un bar de esos que tienen taburetes de cuero, con botones de cuero también...¿me explico, verdad?

Buzz, que por aquel entonces sólo era Nacho, me esperaba como os digo pero también sus tres amigos. Aquella era la pandilla de los Goonies, aunque todos iban de traje y eran tan educados como los alumnos de Carpe Diem. Era como tener una cita con Peter Pan y los niños perdidos. Muy educados todos, cuando era la hora de irse a casa, nos metíamos en el ford fiesta cascajoso (que hasta parecía que le había quitado el tubo de escape para que hiciera más ruido Castellana arriba) y me dejaban en la puerta de mi casa. Buzz y sus tres amigos se bajaban, me acompañaban al portal y quedábamos para el día siguiente.

Estas citas múltiples se fueron reduciendo y me convertí en la Jessie de Buzz. Era muy divertido: Buzz salía todos los días de la semana, menos el domingo, que descansaba. Se ganaba la vida trabajando en una de las empresas de las que su padre era jefazo (trabajaba en marketing) y cuando se quedaba sin dinero, le limpiaba los boxes de los caballos de papá... y las resacas las pasaba durmiendo la siesta a la hora de comer en el coche. Yo intenté apuntarme a este ritmo, pero era difícil seguirle en todos los sentidos. De todas maneras, por los bares por donde pasábamos, los camareros me abrazan y me daban por un lado la enhorabuena por salir con él (vaya momentos de exaltación de la amistad...) y por otro me pedían que le cuidara (aunque quizás de lo que había que cuidar era de su hígado, por lo demás, se cuidaba bien). Tenía botellas en todos los bares con su nombre y lo conocían por su mote (que no era el de Buzz) en todos los garitos a los que íbamos. Después de dos meses, tuve un fin de semana coquina, me paré a pensar y ...digamos que desaparecimos, aunque fue bonito mientras duró :-D

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Comentarios

  1. hmmmm...esto empieza a parecer un blog de verdad....
    ;p

    Comentario de K hace 4 años y 57 meses


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