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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

mi abuela y la señora hecha con gusanitos y rimel

Mi abuela tiene más de ochenta años y desde el año pasado la veo todos los días: por la mañana, paseando por Rioja. Al mediodía, camino de algún sitio donde tapear. No la vi nunca comiendo, pero se que no come en casa y tapea sola en Ochoa, El Burladero o en alguno de esos clásicos del Centro.
Es elegante y menuda. Muy morena y con un pelo indudablemente blanco. Lleva un bastón y pasea sola.
No rie ni tiene cara de triste, no sé si habla y no se sorprende cuando se cruza con la señora hecha con gusanitos y rimel (lady gusano, a partir de aquí).
Una vez me dijeron que ser elegante era sorprenderse sin que se te notara en la cara, así que mi abuela es hasta ahora, la señora más elegante que conozco.
Mi abuela debe vivir en la Calle Canalejas y, después de comer, se cruza con Lady Gusano en la Calle San Eloy. Ella tampoco se inmuta por nada, aunque su estética tan particular atrae más de quince miradas al minuto. No sonríe, no se rie y tampoco está triste.
Lady Gusano es gorda sin remedio y sin ninguna metáfora que la afine. Tiene el pelo negro azul y los ojos adornados por un rimel espeso y pastoso. Los ojos los maquilla al ritmo del color de su vestido y su ropa no ha llegado nunca a estar en ningún baúl pero seguro que no se encuentra en ninguna tienda desde hace más de cuarenta años.
Sus zapatos, en la misma onda. Sus labios te los imaginarás gruesos, excesivos, carnosos y rojos y en lo único que acertarás es en el color.
Lady Gusano pasea con la rebeca sobre los hombros y no te mira ni te ve. Está tan arriba que no te ve.
Atrapada en los sesenta, tiene la piel tan blanca como cuando paseaba por esa misma calle con veinte años. Un blanco amarillo, color gusanito. Ahora no está tirante, es porosa y llena de imperfecciones. Tiene piel de gusanito.
Creo que sueña y que por eso no ve. Casi va sonámbula y atrapada en aquellos años donde los que se daban la vuelta para mirarla le silbaban y la llenaban de piropos. Quizás por eso no nos ve y sólo los oye a ellos.

Y mi abuela? Es mi abuela y ella no lo sabe. Me gusta este sentimiento de posesión unilateral. Soy suya pero ella no es mía. Soy suya porque quiero y sin esperar que ella quiera ser mía.
Una vez tuve un gato enfrete de mi casa. Era mi gato pero él no lo sabía. Era tan mío que por eso no le pedí una caricia para satisfacerme. No lo necesitaba, estaba segura de que él era mi gato. Nunca me acompañó mientras hablaba con Sergio por teléfono y paseaba a mi lado. No me pidió comida y tampoco fui a dársela. Nuestra relación estaba por encima de todo aquello.
Hay dias que me digo: voy a saludar a mi abuela. Voy a hablar con ella... ya se me ocurrirá algo... si ella me tiene que reconocer... pero luego, me acuerdo del gato.
Un día debió morir y ya no le he vuelto a ver, pero eso no significa que fuera mío.

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