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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

El mundo es diferente visto con gafas de natación

Buceo y veo.
Respiro y suspiro. Me dejo estar y recuerdo mi mundo. Un mundo muy mío, un mundo antiguo e irrecuperable.
Estaba hecho de agua y flores y sólo lo veía si me quedaba quieta en la bañera. Quieta y sola. Con cuatro años. Horas solitarias, melancólicas y maduras para la edad y el momento. Horas tristes a las que era adicta. Horas dulces y rasposas a un tiempo.
Si metía la cabeza dentro, si cogía las flores, el mundo se iba.
Las flores eran personas, con nombres. Nombres que no te contaré, no porque no los recuerde si no porque no se ni pronunciarlos. Las ramas ciudades y pueblos, y cosas que no puedo explicar porque no se puede, un mundo inquietante que me miraba sólo a mi y nos veía a todos.
braza, croll, espalda. Croll y lo veo. Croll en tres tiempos y es mío otra vez. Los largos son más largos siguiendo las líneas azules. Me canso pero lo veo.
Buceo. Este mundo es más inteligente y suave que este seco y aunque se mueva conmigo, está más quieto.

Felipe no estaba. Hoy tampoco. Ahora le echo de menos... al pasar por su trabajo estuve a punto de bajarme del autobús y dejarle un post it en la puerta: Felipe, ¿ya no vienes a nadar? Felipe, ya veo bajo el agua.

En el autobús me veo en las marcas de las gafas, casi soy Sonia de Klamery, Condesa de Pradere. Marcas casi moradas.

En el autobús viene un hombre con dos ojos muy chicos y dos linternas que apenas alumbran. Ha robado un papelito y anota: cero, dos, cien, diez. Cinco, ocho.
En el autobús vienen cinco caribeños. Dos niñas pequeñas juegan con sus ocho coletas y sus ocho llantos, sus ocho lazos y sus ocho muñecas rosas.
El hombre del papelito y los números deja de anotarlos, las mira y las hace reir y parar con un grito absurdo y pueril.
El baja del autobús y se detiene delante de un bar. Mira el letrero y sigue anotando cosas en su papel. Se rien en la puerta por su locura inutil. Yo casi lloro: ¿no es justo así de ridículo el trabajo de ese que se rie por la ridiculez del hombre del papelito?
Me vuelvo a meter en el bus. Las dos caribeñas de las ocho cosas gritan al unísono, al ritmo del hombre del papelito.
Ya casi no se ve al hombre del papelito, pero sigue "trabajando" en sus notas
Ya sólo es las dos niñas que siguen gritando.

¿Y Felipe?

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