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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

un erial

Aún a veces vuelve la pesadilla… cuando estoy despierta suele venir y se queda hasta dejar un sabor amargo en la boca. Luego desaparece, se me olvida pero el sabor amargo ya no se va hasta que vuelvo a ver un cielo naranja, las vírgenes de la Catedral o escucho mis tacones retumbar en el Centro… y llega el ruido y todo se hace calma.

La pesadilla empieza en una playa de arenas negras, donde me escapo de una ola gigante y me quedo sola. Soy la única que ha visto la ola y que sabe correr… y se escapa. Todos os vais debajo de la ola y me quedo parada, tan parada, que me arrastra la corriente… y llego a un río. Un río de caudal rápido y corto, lleno de cantos rodados que me arañan y me secan la piel. Y ruedo y ruedo, y sigo rodando y me caigo. Y lloro pero no puedo distinguir las lágrimas saladas de las dulces del río. Y el río no se acaba en el mar. Termina en un campo seco, lleno de pastos secos y saltamontes. Y se escuchan a las chicharras y sigo llorando… y, ya, cuando el río ha parado, no tengo lágrimas.

Y aquí estoy sola, seca, mojada y arañada por el sol y las avispas, por los cantos rodados que pinchan y ya no me sale sangre. Y soy una sola, y es tan grande el erial que no estoy ni perdida. No estoy, casi no estoy. Y aquí no hay nada.

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