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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

manuele

Llevo toda la semana con una nube en la cabeza. Y por eso salen post de escaleras que no se subir, y de soledades que me rebelan... Y lo confieso: es que siempre hablo de volver a casa, pero cuando vuelvo a la mía, y porque yo quiero, en mi casa sólo estoy yo.

Desconecto de mi familia, no me entero de mi madre y vamos en mundos paralelos, de conversación de un minuto por teléfono y dos sms al día. De mi hermano, que no me cuenta...y de mi padre, con el que no estoy ni soy su hija tanto como quisiera... y así, así me siento extraña, a veces perdida y sospecho que si no cuido a mi familia llegará un erial. Porque si uno vuelve a casa es para encontrarse con ellos tres. Y yo, no se volver...y para eso, hay que querer.

Y hoy me quité el pijama para ver a mi hermano tocar la batería. Y como siempre, me brillan los ojos y todo encaja. Y merece la pena el esfuerzo. Lo entiendo todo, asiento y la noria vuelve a moverse, deja de estar oxidada y saca agua del río.

Siempre me he quejado del egoismo de mi hermano: si compartíamos algo, siempre terminaba siendo suyo. El Comodore 64 y sus juegos, la maquinita de Mickey (la versión beta de lo que hoy es una game boy) la guitarra, y hasta mi habitación de Segura. Hoy me reía por dentro: este año presumía de escribir cuentos y soñaba con tocar la batería... Hoy me dijo mi hermano que le han editado su primer libro y que casi terminó el segundo y me sorprendió tocando la batería y arengando a sus gruppies en el Kool... me reía: si se los queda, no es porque me los quite, es porque yo le dejo que sean suyos... o el se los gana a pulso.

Qué más da que se quede con la guitarra y con mi habitación favorita de Segura. Con verlo así de sonriente, hablando con Paloma (una niña muy guapa que se le ha acercado para conocerle al terminar el concierto) me basta.

Aún recuerdo cómo se quejaba cuando le daba abrazos y lo asfixiaba, cuando le quitaba su caballo (de cartón) o cuando jugábamos a correr por Tinoco y lo dejaba atrás... siempre rollizo y colorado, con sus ojos tristes y grandes, que se comían el mundo... y míralo: sigue teniendo esos ojos enormes y ha cambiado los mofletes por una sonrisa infinita. Una de esas que te hacen decir: sí, ahora lo entiendo todo... y no era tan complicado...

Manuele... a ti no te lo digo porque puede que leas el blog, pero cuando me mires, en la próxima actuación, igual lo entiendes todo.

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