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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

verano sepia con bastón

Quizás sea el verano, quizás sea mi fijación... pero siempre veo cosas que no ves, y siempre veo gente que para ti pasa inadvertida.

Hoy es la tercera vez que en el Cine Avenida veo a un señor mayor, que entra cuando la película lleva más de la mitad, se sienta en una de las primeras filas y se va antes de que se acerque el final.

Me pregunté la primera vez lo mismo que hoy... las mismas preguntas, menos la primera. La primera era ¿por qué entra este señor aquí, se habrá equivocado de sala? Después de tres veces en domingos diferentes, entiendo que no es casual.

Viene con su bastón, con su espalda curvada y su pelo blanco. Su camisa de rayas y su pantalón marrón. Se sienta y mira la película. Supongo que lee los sustítulos y escucha cómo le llueve el japonés en los oidos. Después de quince o treinta minutos, deja la sala.

No se si viene al cine a ver las películas a trozos, porque piense que total, se le van a olvidar un rato después. No se si es que entra y va pasando de sala en sala, para pasar la tarde y hacer su película zapeada... no se si le queda tan poco tiempo o tiene tan mala memoria que le da igual lo que le cuenten. Le valen impulsos, sensaciones y segundos para arrastrarlo de nuevo, empujando sus pies a la calle o a otra sala... y reirse de ir al cine... porque creo que a cierta edad uno ya si tiene algún privilegio es el de reirse de todo.

Va solo. Llega y se va solo. Y tiene más de ochenta años.

Después me reía con cervezas y salmorejo, me reía con Jorge y con Clara, jugando al cubo de Rubbick o a hacer un puzzle de mil piezas, donde da igual si el puzzle termina, donde da igual si cambiaste las pegatinas de sitio en el cubo. Lo importante es jugar y saber reirte con tus amigos... y como cuando miras un cuadro renacentista y de repente descubres la otra historia que hay al fondo, me sentí atrapada por la estampa que había detras, detrás de nuestra historia... Otro señor que fumaba Ducados, otro señor de más de setenta, jugaba a dar sorbos a la Coca Cola mientras veía pasar gentes y fijaba su mirada en un punto absurdo para hacer recuento y tal vez revivir historias. Historias como las nuestras, que nos contábamos con chispa, con risas, con cervezas, para entender la siguiente historia que aún no nos llegó. Historias que son distintas. Las de él ya tienen final, ya están todas metidas en un álbum y sólo le queda volver a pasar las páginas, para ver cómo el tiempo saturó de amarillo las fotos y dejó pasadas de moda las camisas y las campanas de los pantalones.

Y la señora de violeta sigue pasando las mañanas de domingo en el cine, entre el cine y el aperitivo. Con su pelo teñido y sus combinaciones exageradas de colores, exageradas y ordenadas. De pelo imposible y tacones de charol. Y sales de la sala, el sol te ciega y ella sigue caminando derecha, con su rumbo bien marcado y entiendes la adaptación al medio, a la luz, a la falta de agua y ves cómo la edad agudiza el ingenio. Y te ries, y te sientas, y guardas la foto para el álbum.. pero no lo abras. No lo abras todavía... guardala junto a las flores y sigue paseando por la ciudad, con el sol pegado a los ojos y las estrellas en la espalda.

Cuando llegue el momento, abriremos el album en el bar, con Ducados y Coca Cola, con bastones y trajes de chaqueta violetas. Y nos haremos la manicura, para pasar las hojas y los cuentos ya estarán escritos solos. Y aún así, en algún rincón habrá algún motivo chico para sonreirse y volver a casa arrastrando el bastón.

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