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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

sueños raros

Acabo de pasar por el Caballo (la estatua del Cid de Sevilla) y por la fuente de las Cuatro Estaciones (la que está al lado, entre Oriza y los Juzgados, ¿a que no sabías que se llama de las Cuatro Estaciones?) y allí me he encontrado con una escena que no sale ya ni en mis pesadillas.

En la fuente, rodeada de policía, estaba un caballo y medio coche de caballo (la otra mitad estaba fuera) de esos que pasean a turistas. El caballo se revolvía, el cochero, aturdido, no sabía qué hacer y el ayudante del cochero se quedaba entre el bordillo de la fuente y el caballo. Y mientras: policía, 2 coches de bomberos y una ambulancia hacían sonar la sirena y ... nada más.

Todo estaba lleno de coches y de gentes y las cuatro estaciones (cuatro mujeres modernistas y alegóricas) miraban cada una con una expresión: una se tapaba los ojos asustada, la otra miraba a la gente, una contamplaba con detalle la escena y la otra empujaba al caballo para salir... las cuatro estaciones y los cuatro estados ante una imagen como esta...

Y yo, en el coche, me sentía atraida por mirar y también horrorizada al ver... pero mientras más me horrorizaba, más empujaba la escena: quería ver al caballo caer, quería ver al caballo salir, al cochero desmandado, a la policía atacada... quería ver y sentir el horror. Al final no pude: los ojos se me llenaron de lágrimas, los pelos se pusieron bien tiesos en mis brazos y tuve que seguir mi camino, tras la ristra de coches...

La cosa es que no me ha gustado nada esa escena. Era tan inútil, tan fácil de solucionar y a la vez tan complicada de parar... era tan lenta y también tan violenta que no podría ser ni de una pesadilla.

No me gusta la muerte de un caballo. Otro animal no me duele tanto... pero de un caballo sí. Son tan sensibles, a veces mueren tan rápido, de una manera tan difícil de hacerlo que no me gusta. No me gusta morir sin motivo, sin venir a cuento...

Es curioso... hoy ha sido un día en el que he pensado mucho en los caballos: en los pura sangre con nervio y mal domados... y en esos que te vende el tratante gitano y, cuando te los llevas a tu casa y pasa una semana, no son los que viste y ya no hay vuelta atrás en el trato... en los burros silenciosos y trabajadores, hasta que cae el sol... en las mulas de carga que no saben hacer otra cosa más que darle vueltas a la noria y ... no las saques de ahí y ... en los que potros salvajes en Asturias... menos mal que estaban los Asturcones para alegrarme el día y oler a campo, tierra y verde y sentir la brisa fría en la cara y ver cómo la hoja del roble ya es amarilla y medio roja y menos mal que estaba Jiménez (para mí es Jiménez) para saltar cuatro obstáculos con chulería y con gracia. Garboso y dicharachero... y valiente, muy valiente, porque aunque no sepa lo que hay después, merece la pena dar un salto... aunque más allá haya dragones... y aunque piense que más allá no hay nada.

Escrito al volver del trabajo y después de soñar con áticos con piscina privada, garaje, trastero, a/a y placas solares... y después de vivir la rebelión en la granja de pin y pon (y de los pequeños ponies) y empezar a buscar el uniforme de capitán para seguir navegando sin naufragar.

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