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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

El día en el que todos somos azules

Los días de lluvia los espero. Los espero para ponerme la gabardina y, si voy en coche, escuchar a Luar Na Lumbre.
Hay que tener pequeños trucos, hasta para los días de lluvia. Yo me reservo esos dos.

En estos días: fríos, calados, de pies mojados y sonrisas más planas, a todos se nos sale el alma casi a la altura de la campanilla, ¿verdad? Son los únicos días que nuestras almas van al mismo sitio (después de pasar por la campanilla, claro).

La de Jiménez (lo siento, para mí es Jiménez) se va hasta su manta. Esa que se comió cuando no hacía tanto frío y cuando aún no nevaba en Madrid. Ahora, la echa de menos.

La de mi hermano puede estar a medio camino entre el campo y Segura. La de mi padre sé perfectamente que está mirando a la sierra, lejana. Sierra de pinos y donde llueve (aquí aún no ha llegado la lluvia) y el me explica que eso, eso es llover.

La de mi madre está en algún rincón de los 12 o los 14 años. Quizás aún lleve trenzas.

La de mi tia Carmen está en la puerta de casa, de Segura. Si llueve mucho, seguro que ve cómo "corre la calle". Eso es lo que decía mi tío los días de lluvia: se asomaba a la puerta y veía cómo a los dos márgenes de la acera, venían las aguas corre que te corre hasta llegar a la rejilla. No se si se sigue asomando. Yo estos días también estoy allí, entre su falda y agarrada a la mano de mi tío.

Y hoy tengo una tarde atada al dedo meñique: una tarde antigua, de lluvia, en Madrid. Como tantos domingos... siempre llueve en domingo cuando me vuelvo de mi otra ciudad. Espero, espero a que llegue en la moto. Llega, llega, llega un beso y un tubo de bombones de chocolate negro. Nos reimos, nos lo comemos medio a medias y a la altura del Jardín Botánico no se nota que está allí. Hace demasiado frío, me acurruco en la moto. Rezo para no caernos y al parar, empapados, nos reimos.

Y viene otra, aburrida y lánguida. Una que no entiendo, que igual no es, pero que así la imagino: estoy en la ventana, en Segura. Veo cómo llueve. Tengo menos de cinco años y estoy aburrida. Las gotas se caen en los charcos, son bailarinas de ballet, como la del soldadito de plomo. Pero cae y desaparece, y ya no es. Ese es mi primer recuerdo de tarde de lluvia y de otoño.

La de hoy, como te digo, venía de la mano de Luar na Lumbre. Y te trajo a tí, detrás de la música. Y después vino un racimo de pájaros que le daban la vuelta a la torre de Santa Ana, y después vino el calor tras las luces de una ventana. Y después vino más lluvia, las luces blancas y las azules en la carretera. Después, vino todo. Todo lo que viene un día de otoño al salir de trabajar.

¿Cuál es tu tarde de otoño de verdad? Anda, cuéntame cuál es tu día de lluvia. Por fa, pégamelo en un post it... Los dos vamos al mismo sitio cuando llueve, sí, por eso. Dime cuál es el tuyo. Es para ir si me pierdo un día de lluvia azul.

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