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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

Con las manos llenas de azúcar

Esta mañana atábamos tus anécdotas a mis recuerdos y a un cuento amargo que es de verdad.
Aún olía a frío por la mañana. Había hielo por todas partes, hasta había escarcha en los tejados. Escarcha blanca, casi nublada. Hacía tanto tiempo que no veía esa escarcha... Pero el aire estaba limpio y hacía sol. Me preguntaste por el tiempo y me fijé: sí, hacía sol... Y entonces me cogiste las manos. Te miré y olvidé que aún había que lavar, tender la ropa y notar cómo pica el jabón verde en las manos rojas.
Las agarraste suaves, me miraste a los ojos y te reiste. Me contaste no se qué de los caballos y yo me acordé de mi padre y cómo amaestró a un potrillo para que no se perdiera en la cerca y siempre viniera a buscarle. El secreto era el azúcar.
Primero probó con zanahorias, pero no tuvo resultado. Un día, con dos terrones de azúcar y desde entonces, siempre acude a las manos de mi padre.
Quiero llenarme las manos de azúcar para que vengas sonriendo hasta aquí y te quedes un ratito. Y te rías. Te rias como hoy y entonces, cuando más te estés riendo, me escribas un email, un email que despierta mi buzón. Un email con sueño, un email con frío, pero con los ojos tan brillantes que hasta cuando se apaga la luz salen ardiendo los míos.

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