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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

Los ojos llenos de nubes

Con pies azules y paso ancho, con la sonrisa de Carmen y su cigarro bien fumado, hemos cruzado el puente. Sin ganas, con prisas, sin ver el sol que caía y entrando con el mismo pie firme de tacón fino por el Museo de Carruajes.
La sala estaba a la mitad y nos hemos sentado en el final. Un cuaderno nuevo, a estrenar y hasta arriba de logotipos y un boli. La pareja perfecta para esta noche, que parecía que nunca llegaba.
Un Vía Crucis de primavera de Sevilla ha retrasado el principio y nos hemos puesto al día, aprovechando la espera a paso de tambor y redoble de corneta.
Ha llegado imponente, derecho y con sonrisa ancha. Casi no le han dejado hablar, pero cuando lo hacía, empezaba a nublársenos los ojos y a llenársenos el cuaderno de tinta azul. Buceando y sin respirar, lo hemos llenado de letras y de ideas. Concentradas, las dos.
Al final, palabras apretadas con sabor a cerveza y limón: sueños, proyectos, cuentos eternos y sueños de joven promesa. De algún día y de quiero ser un quiero ser.
Ya nos íbamos y Carmen pensaba en sus tíos. Ellos le dieron la primera oportunidad en Sevilla a Elio Berhanyer. Y yo pensaba en la Nancy y su uniforme de azafata de Iberia. Nos hemos mirado y nos hemos dicho vamos. Y hemos ido. Sus ojos nos han mirado a fondo y nos han visto. Han visto a mi Nancy y se han emocionado con los tios de mi amiga. Atropellado, se lo han llevado y para nosotros, ha quedado pegado en uno de esos huecos que llenas de historias. Nos hemos bebido una cerveza en dos tragos y un clásico vino rosado y nos hemos contado. Habríamos andado con distintos zapatos por las mismas calles y hoy, enfrente de José Luis y debajo del luminoso de Diario de Sevilla, nos hemos encontrado. Hemos apurado dos cigarros bien fumados y hemos entrado para empezar a ser un quiero ser.
Mañana, estoy segura: iremos a trabajar vestidas de blanco y negro. Blanco, de pueblos encalados de Andalucía y negro, de mujer vieja que cruza y hace una raya en la pared encalada. Como ve el hombre del sol el color de su tierra.
Nos hemos despedido y tenía que contarlo. Casi a empujones y ya con los ojos hasta arriba de nubes, se lo he contado a Jo-ta. Y lo he vuelto a saborear, y lo he visto más claro. Luego, a mi madre. Mañana mismo está buscando el uniforme de azafata de Iberia. Será un honor encontrarlo y dárselo para su museo. Él dice que no lo tiene. Y Merchona me ha dicho que se lo hará llegar... ¿Te imaginas, Eva...? Allí, aunque no vayamos, iremos casi pegadas.

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