ya se qué les falta
pilar lópez casquete de prado - 17-03-2006 01:24:12 | Categoria: Te lo juro, por el plástico más duro
Dice Ayala de la curiosidad: «Nunca la he perdido. Debe ser una desgracia personal. La gente llega a mi edad y pierde la curiosidad por todo y sólo piensa en lo que le van a poner de comer. Ser curioso me ha dado muchas satisfacciones».A mi, la curiosidad me mató al gato dormido y despertó las siete vidas de la pantera. Me la enseñaron mis padres: mi paga era flaca pero no había límites para vinilos y libros. En los veranos, en las horas tontas, había piscina, pero también informática, Egipto y otros misterios, clases de mecanografía (no puedo estar más agradecida), de inglés o de guitarra. Me quejaba, sí, pero cada vez menos... Y después llegaron los campamentos de Inglés, las universidades de verano y los cursos de diseño en el Istituto Europeo Di Design, en Madrid. Y luego, sin cursos, superar retos: vacaciones solitarias, aprender a cocinar o tener tiempo para escribir más cuentos, a trabajar en cosas nuevas o a nadar con más estilo. Vamos, que llegó en cosas más cotidianas, más chicas y más cercanas. Y lo mejor: llegó a todos sitios.
Creo que la curiosidad espabila la ilusión y aviva eso tan ambiguo que es la felicidad.
No digo que a todos les falte, no... Pero a muchos sí. Sin curiosidad, no se aprende y si no se aprende, no se crece. Vamos, eso digo yo. Y si no se puede crecer, no se qué sentido tiene andar con un pie tras otro, cada mañana. Coger un autobús, ir al la Universidad a estudiar o al trabajo a sumar, salir con los amigos o hacer deporte... Gris, 100% gris. Supongo que en esos casos, lo único que queda es la satisfacción inmediata, que sí, la dan cuatro cosas, y que sí, está ahí al lado. Y que sí, es un botellón de copas más baratas que en la barra del bar.
Y ellos hacen botellón, pero nosotros no nos podemos ir de rositas. Hacemos otras cosas (seguro) con tanta falta de espíritu y que nos deja tan dormidos, y que nos llena de cosas que no nos sirven y que cargan el carro de chismes difíciles de empujar cada mañana, hasta terminar pensando sólo en dormir la siesta y en qué nos pondrán de comer, cuando dejemos de correr... Y si nos ponemos a contar, a estos les hemos enseñado a ser como son.
Un minuto de silencio para mirarse al ombligo y pensar. Empieza ya.
Comentarios (1) - Referencias (0)