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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

Me gustan las cosas que van de paso

Cuando llegaba a casa, nos hemos cruzado: él, tan de negro y tan tardío como un sofá de escai de una discoteca. Yo, tan cansada y tan de dar vueltas como un gato de color café pero sin casa.
Me ha dicho Rocío que ha empezado hoy y luego, me lo han subrayado en negrita.
Me gustan las cosas que empiezan pero que sabes que van a terminar. Las cosas que nunca serán rutina son las que saben a coche nuevo y a plástico de libro sin casi estrenar.
No me gustan las fiestas que dejan vasos en el suelo y copas terminadas. Para eso estoy yo, y para eso, me voy antes. Me quedo con los rayos y las centellas, antes de que huela a quemado.
Es que no me gustan los libros de colegio con páginas sobadas, llenas de corazones de boli y no soporto las faldas de uniforme prestadas.. (no se si por lo primero o por lo segundo, pero en definitiva: no las soporto). No me gustan las chaquetas de cuero brillando por las muñecas, los cumplidos repetidos y las canciones de Michael Jackson.
No me gusta la gente que no me gusta cuando antes me gustaba y no me gusta la lluvia que deja moho en las paredes de las casas cuando ya ha salido el sol.
Con lo que no puedo es con el olor a café, tabaco quemado y otros derivados que no puedo separar de los besos pegajosos de las discotecas del ahora. Si todavía tuvieran historia (que no historias, que esas tienen todas).
Hoy ha empezado. Al salir del coche piaban dos pájaros. Demasiado temprano (o no... Quizás ellos ya sabían que había llegado y no les queda otra que piar hasta que se les seque la garganta con el verano). Y después, los dos, nos hemos cruzado: el con sus cuatro patas brillantes y yo con mis tacones cansados. No nos hemos dicho buenas noches, pero nos hemos gustado.
Quizá vuelva a tener un gato. Un gato entre los chalets que hay enfrente de mi casa. Él no lo sabe, pero es mi gato... Y yo, otra vez, vuelvo a ser suya, con un su posesivo y singular. De esos que me atan tan rara y me hacen reir en la parada del autobús. Y cuando llueva, lo dejaré que corra entre bidones de basura. Porque cada uno tiene su sitio, aunque el mío no tenga paraguas.

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