El manifiesto sobre el asiento naranja
pilar lópez casquete de prado - 23-03-2006 19:03:41 | Categoria: de mentira de la buena
Ya no le vuelvo a ceder el asiento a ningún señor mayor en el autobús. Ayer le cedí (sin querer) el asiento a un chico de 3o y tantos años. ¿Por qué? Pues porque de espaldas tenía poco pelo y lo poco que tenía, era blanco y cuando me levanté y le dije que se sentara, aún no le había visto al cara. Era gordito, iba de traje... ¿Qué quieres? Pensé que tenía más edad... De espaldas, te aseguro que era otro hombre.Se puso como un energúmeno, y lo entiendo. Era tarde, había salido del trabajo, cansado y una de su edad le habla de usted y quiere que se siente en su sitio...
Ante mi error, del que no supe salir airosa, quise rectificar y ceder al mejor postor mi asiento. Entonces, posé los ojos en un octogenario que se agarraba como un virquiqui a la barra plateada de la ventana. Yo insistía y el negaba con la cabeza. Orgullo masculino que no y que no, es igual a orgullo femenino que se esfuma como el alcohol un día de sol (y mofletes tan colorados que me quemaron durante el camino).
Y todo el trayecto, con los ojos enfadados y llenos de rayos, truenos y centellas del afectado clavándose en mi cara roja y redonda y acordándose hasta de mi tia Remigia.
El lunes le quise ceder el asiento a otro señor que acompañaba a su esposa (mejor dicho, su señora, que ese era de los que tienen señora), ella con bastón, redonda y pizpireta. Ella, de un salto se sentó en uno de esos asientos que van enfrentados y dejó sus piernas colgando (porque era algo inevitable, obviamente) y su faja aseguraba sus carnes y sus carnes se pegaban como ventosas al asiento naranja, y lo hacían crujir en las curvas más cerradas.
El marido no le quitaba ojo, la miraba con mirada de perdedor. Él no había conseguido asiento. Lacio, se agarraba a una de esas barras plateadas.
Yo lo veía todo bien claro: estaba sentada enfrente de la oronda de las piernas colgantes y al lado del abuelo vapuleado en cada curva. Me levanté y le cedí el asiento.
El señor se creció y se vino arriba. Sacó pecho y se le colocó en su sitio la chaqueta. Mientras tanto, se iba negando en rotundo. No se quería sentar. Yo, tampoco.
Un tira y afloja entre los esposos, terminó por un tira de la chaqueta por parte de la señora y un afloja de piernas por parte del señor. Por arte de magia, ella casi lo encaramó al asiento y lo dejó colocado y con la chaqueta derecha. Fuerza bruta.
Para no reirme, abrí mi libro. Para no reirme ni por dentro, intenté concentrarme en Marlowe y su caso. Pero era imposible. Casi pegado a mi oreja izquierda estaba el señor, que rumiaba en alto el incidente y hacía recuento en el autobús de los que estaban más cascajosos y aún así, iban de pie.
El próximo día no le cederé el asiento a un señor mayor orgulloso. ¿Orgulloso de qué? Yo estaría orgullosa de merecer un asiento cedido.
Luego, en el autobús, camino de mi casa (un barrio de esos llenos de población tradicional, adulta y que gusta de las grapas en la prensa) seguiré oyendo qué barbaridad y dondevamosallegar, para acompañar a frases como que la juventud carece de cosas tales como valores, ideales, inquietudes, intereses, formación Y EDUCACIÓN. Harán de muestra un botón y sacarán el sitio ocupado por mí al lado del abuelo (militar y con galones) de pie.
Quizás haga camisetas para el autobús, con un texto explicativo de mi actitud. Quizás le escriba a atención al cliente de Tusam, con ese mismo texto, por si lo quieren poner al lado de donde está eso de que hay que ceder el asiento a heridos, embarazadas y ancianos. El manifiesto sobre el asiento naranja de Tussam lo llamaré...
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