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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

¿ya no hay niñas que se llamen Lola?

Esta mañana leía el periódico y el suplemento en la playa. Me encantan los domingos de zumos, tostadas y café pasando las páginas y desayunando con Cueto, Torres o Almudena.

La verdad es que aún mejor es seguir la tertulia en la playa, con el periódico debajo de la silla para que no se vuele y el suplemento entre las manos, estratégicamente colocado para no perder un rayo de sol. Y siempre aprendo algo. Siempre descubro algo especial y que cuando ya he cerrado la revista, da para hilar ideas con cuentos y sueños con proyectos o faldas.

Esta mañana leía sobre los dibujos de los niños en la guerra. Y de los niños en la guerra, y de lo que sirve dibujar para superar conflictos, problemas y para entender la realidad y aceptar la vida.

Así estaba cuando de repente recordé mi conversación el día anterior con Carlota. Carlota tiene 3 años. Ella me explicaba que para tener niños sólo tenía que mirar al cielo, que entonces me entraban por la cabeza, se me instalaban en la barriga y que si mhacía así (haciendo el gesto como de remangar un jersey) aparecía mi bebé. Me dijo que no me preocupara si no tenía ahora uno en la barriga. Que era fácil.

Creo que sería una buena madre, en eso de enseñar palabras, enseñar la vida y hacer juntos dibujos. Explicarle las ciencias y enseñarle donde se esconden los cuentos para que vaya a buscarlos, pero no seré buena en eso de dar biberones y tener paciencia. Es más que un arte y más que un don. Y también le pondría un buen nombre. No vale cualquiera... Porque el nombre imprime carácter y las palabras crean realidades.

Así seguí un rato al sol, pensando al sol. Pensando en nombres perfectos para bebés especiales. Juan, Malfada, Berenguela... Candela, Marco (Polo), Juan (Sin miedo), Ricardo (Corazón de León), Ana (Patricia)...Miré a mi alrededor. Junto a mi silla, había una de bebé. Se llamaba Jessica y su hermano, Kevin. Su madre gritaba y era un brazo y otro más de pulpo, intentando sujetar sin éxito al gritón de Kevin y consolar a la llorona de Jessi.

Más allá estaba Álvaro-josé, que se llamaba, según su madre, Arrrvaro-josé, y al que había que llamarlo más de cinco veces para que mirase a la sombrilla y dejara de meter los pies en el agua helada.

Al otro lado estaba Jordi, que hacía cosquillas a la abuela en los pies. La abuela que ya no era ni espantapájaros, y que no podía conseguir que su hija, la madre de Jordi, dejara de leer la revista del corazón para parar a Jorge y sus cosquillas.

Miré a la orilla y una regordeta, de piel blanca y bañador de cuadritos, con el pelo corto, justo cortado bajo la nuca y con mofletes rojos y ojos grandes, vertía despacio el agua del mar en un cubo de sirenas y algas. Con paciencia repetía la operación. Sí, esta es de las mías. Me acerqué a verla, a observarla de cerca. Al llegar a la orilla, me mojé los pies para disimular y me miró. Seguro que se dió cuenta que quería hablar con ella, porque me dijo hola. Le contesté. Luego le pregunté. Ella me dijo, con una voz fina y ligera "Me llamo Yajaira".

Volví a mi silla y abrí la revista. Invoqué a Susanita... Qué difícil es ser hoy día una Susanita de treinta y tantos... Ya una ni siquiera puede soñar en alto. Me leí las recetas y me parapeté en las cartas al director... ¿Qué pasa, ya nadie se llama Lola?

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