la página 45
pilar lópez casquete de prado - 03-05-2006 23:44:57 | Categoria: de mentira de la buena
un cuento escrito en la arena de la playaSeguía tumbada en la toalla, a mi lado derecho. Ahora, había cerrado el libro. Un libro amarillo color claro, de unas quinientas páginas, no más, que durante el rato que la llevaba mirando no había dejado de comerse ni un segundo.
Vestía un bikini de color verde. Un verde sin adjetivos (no era verde primavera, turquesa, inglés...) era simplemente verde, ese intenso, fuerte y tan rotundo, que aún puedo asegurar que tenía tintes eróticos, casi violentos. El bañador, de licra fina, le seguía de cerca la silueta, sin perder detalle, marcando suave cada accidente de su terreno. Estaba seco. Aún no se había bañado. Desde que llegó, lo único que había hecho había sido recogerse el pelo en una cinta ancha y negra y leer. Y ahora, se había tumbado y había cerrado los ojos.
El pelo era negro y brillaba bajo su espalda, haciendo eses, hasta salirse de la toalla y dormirse en la arena. Los brazos eran delgados y excasos, al contrario que sus caderas, generosas. Todo su cuerpo estaba lacio bajo el sol, menos sus pies, en tensión, finos y ligeros, que miraban despiertos al sol.
Pero si algo me excitó fue su dedo índice. Estaba escondido entre las páginas del libro. No llevaría ni cincuenta páginas y justo ahí, a la sombra, apretado por las cuatrocientas cincuenta restantes, estaba un dedo índice fino, blanco y dulce. Casi podía sentir aquel pequeño dedo, jugando a seducir y acariciar la página siguiente, manchada de rectas, puntos y curvas negras de tinta. Sinuoso entre las hojas, dejándose acariciar por el papel amarillo, retándolo sin pudor, para que siguiera haciendo cosquillas entre la yema y el nudillo.
De la excitación, pasé al rubor y la preocupación. Hasta la fecha, de las mujeres y de los libros me habían interesado otras cosas. De la preocupación, volví a caer en el deseo y al final, me entregué al amor:
Le di la vuelta a mi silla, me ajusté las gafas, clavé los codos en las rodillas y me senté de espaldas al sol, a esperar. A intentar entrever sin excusas el pequeño dedo índice del que me acababa de enamorar.
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