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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

El juego de los besos

El día que conocí a Uve era uno de esos de agosto, que tardan en caer, pero cuando caen, traen las brisas para aligerar y se quedan roncos para dejarte que hables tú. Había vino, había conversación y sólo éramos tres. Nos gustaba la seducción de las palabras y las copas y además, acabábamos de conocernos.

Ya han pasado más de dos años, quizás tres, y cada cierto tiempo recibimos mensajes el uno del otro. Mensajes oportunos y cargados de las letras precisas para sentir el calor pegado a los dedos. Para seguir: seguir mandando mensajes y seguir con ganas de seguir.

A pesar de eso, Uve y yo casi no sabemos nada el uno del otro. Sólo nos hemos visto una vez, aquella semana. Al principio, nos miramos de lejos, nos retamos y jugamos a ignorarnos sin querer. No empezamos a acercarnos hasta que nos quedaron dos días, quizás cuando el juego ya había perdido interés y era más sugerente intentar acariciar con los ojos las manos que acariciaban las copas de vino.

Cuando nos fuimos, nos cruzamos correos y alguna visita cortés en el Messenger. Correctos, cercanos y siempre soñando con volver a jugar. Pero no, no nos hemos visto más.

Una noche, uno de los dos empezó. No recuerdo el motivo, no recuerdo el primero, pero a uno de los dos nos sonó el móvil. Entraba un mensaje y era del otro. El primero, como digo, no lo recuerdo, pero se que estaba cargado de letras trampa, de palabras mezcladas para volver a jugar. A ese mensaje le contestó otro más socarrón, y empezamos el juego sin reglas de los sables elegantes y finos y de tu la llevas. El juego de mandarse retos por sms sin tocarse.

Desde entonces, el móvil se nos llena cada cierto tiempo de mensajes que hay que quitar para hacer sitio a los nuevos. Mensajes cargados de besos dulces, drogados, con sueño, algunos llenos de sexo tapado por palabras suaves y risueñas, llenos de brazos y manos que tocan y abrazan y de susurros que se sienten pegados a la almohada. Besos intespectivos, que llegan de noche, oliendo a alcohol y a ganas de jugar. Por eso, empecé a dormir con el móvil encendido. Y si suena, me gusta despertarme y contestar, para estar a la altura, impaciente. No son besos generosos ni tampoco son ingenuos: el que los envía los necesita tanto como el que los recibe.

Los besos y los mensajes se han ido estrechando y nos han presentado al que hay detrás de las teclas del otro móvil. De hecho, recuerdo que intentamos vernos, pero no nos salió. Al final, las reglas que nunca definimos, se escribieron solas y nos dijeron que eso era perder la partida. Se trataba de jugar a no rozarse y necesitábamos tanto aquellos besos que decidimos que era mejor no llegarnos a ver para no dejar de jugar al dominó de los besos.

A veces queremos volver a aquellos días, volver a encontrarnos y emborracharnos por las calles, fumando flores y haciendo poesía de risas. Pero eso no forma parte de este juego y lo sabemos.

Referencias

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Comentarios

  1. podrías ponerte a ti en vez de a la mascota así al menos podría hacerte cosquillas. Me encantaría poder jugar contigo al juego este de los besos.

    Comentario de bic naranja escribe fino hace 3 años y 43 meses


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