canela
pilar lópez casquete de prado - 27-06-2006 02:31:17 | Categoria: Te lo juro, por el plástico más duro

Hay quien sabe que cuando las cosas se terminan es para empezar diferentes, siendo otras. Llegando nuevas, con el papel de regalo y oliendo a plástico para estrenar. Pocos lo saben, pocos conocen el secreto de los valientes y es que les llaman así a los que saben esperar lo que viene. Los que están deseando abrir los regalos de Navidad. Porque no nos engañemos: todos los años cae un día en que es Navidad y ni es diciembre y tampoco es 25. Dicen que esos, los valientes, lo tienen más fácil... Y es verdad. No se atan al pasado, no se atan a los que se van, no se quedan pegados a los postes de la luz y a las farolas, aunque sea de noche. Y siempre esperan un día de Navidad, aunque sea en agosto.
Lloran, pero menos. Están tristes, pero les dura poco. Todo es cuestión de perspectiva y de darle la vuelta a tiempo a los relojes de arena.
Y de lavarse las manos.
Algunas veces, les dicen fuertes, les tiran pétalos de rosas, les ponen coronitas de laureles y los convierten en protagonistas, héroes, reyes sin tierras y les escriben cuentos y odiseas donde nunca tienen talones.
A veces, en fin, las cosas empiezan. Empiezan justo donde otros ya habrían puesto cenas con perdices y princesas. Y la mayoría han puesto kleenex y the end.
Empiezan cada día, cada mañana. Cuando suena el despertador. Cuando sacudes la almohada, la pereza y el pijama. Cuando te lavas los dientes, la cara, y sin abrir los ojos te cae un chorro de agua fuerte en la espalda. Sin querer, cada día, empieza todo. Empieza en el cuarto de baño. Donde el jabón.
Hace un tiempo dejé una pastilla de jabón sin abrir. Con su papel de celofán opaco, sin esparcir olores. En fin, a veces, uno, sin querer, deja señales. Cuando la coloqué allí sabía que al abrirla ya no estaría yo. Cosas que tiene una, que se cree bruja, meiga y por supuesto, juan sin tierra.
En fin, que llegó el día y la pastilla se quedó en la estantería cuando me fui. El día que por última vez, y sin contar los escalones, los subí despacio y los bajé corriendo y sin quererlos contar, pero lo prometo: acordándome al correr entre escalones que allí estaba la pastilla de jabón envuelta en su papel brillante.
Ha habido días en los que ella seguía allí, ordenada como el champú sin estrenar y el neceser de los viajes. Guardada en el cuarto de baño pequeño, limpio y desde el que se podía ver si salía el sol y escuchar si llovía en el centro de la ciudad. Recibir los domingos antes de leer el periódico y despedir los sábados de ron y coca colas con la pasta de dientes y la férula de descarga.
Ayer me preguntaba por la pastilla de jabón. Pregunta retórica. Esa pastilla sabía que estaba abierta. Ahora sí. Grande, cuadrada y de un amarillo rosado, estaba ocupando un lugar preferente en el lavabo blanco. Dura y aún casi sin estrenar. Difícil abarcarla con las dos manos. Lo sabía: la pastilla, rotunda, llenaba de olores de canela la habitación. Hacía magia y dejaba su aroma hasta en el rincón de la estantería donde antes había dejado la marca cuadrada de su papel de celofán blanco opaco y silencioso. Sin sustancia. Ahora, generosa, se esparcía y sin complejos, sin miedos, sin ninguna duda. Se hacía notar.
Y las cosas, son círculos cerrados, unos dentro de otros. Pompas de jabón que se hacen seguir unas de otras. Y bueno, lo demás, son cosas de esas que no caben en un blog. Caben en unos ojos, y en un poner, un decir. Un decirte lo que no te dije cuando la pastilla estaba cerrada, porque no podía salir y porque no era. En fin, que esto es como una cosa así como abrir una pastilla de jabón, y que todo esté lleno de algo nuevo. Diferente. Especial. Que huele bien. Y que me gusta.
A veces hay anillos que no son de algunos dedos. El jabón hace salir a esos anillos que no son de esas manos. Y las deja limpias, para estrecharlas con otras manos, nuevas manos, y que el aire corra libre entre los dedos. Y no se, un poco de tiempo, pasan unos días, abrimos el celofán y, por fin, las cosas están donde tienen que estar.
Si: Al final, en fin, las cosas están donde tienen que estar. En tu lavabo hay una pastilla de jabón, y por la ventana seguirá saliendo el mismo sol, la misma lluvia. Una risa cantarina, de ojos brillantes y una canción francesa llenará de música la habitación que huela a canela. Y en mi casa, más lejos, yo sigo viendo las estrellas, soñando con días nuevos, esos que son diferentes, esos que llegarán mañana... Esos que se llenarán de prados verdes, de líneas pálidas de estrellas y risas siguiendo los caminos que marque el despertador. Y quizás todo está más cerca y nosotros, en fin, por fin, estamos donde teníamos que estar. Y esto me gusta aún más.
Y ahora, que sabemos lo que somos, te digo que te quiero. Sí, hombre, te quiero. Un te quiero de esos sin perdices. De esos sin anillos, de esos eternos, que son los te quieros sinceros de los que de verdad son amigos, que dejan los besos y las perdices para otros pero que no tienen puntos suspensivos, no tienen lecturas entre líneas y si un subrayado debajo de la palabra amigo y un resaltado en la palabra especial. Pocos lo saben, pocos lo son, pero nosotros, en fin. Tu sabes... Somos amigos que huelen a canela.
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"Si los sueños se nos vienen abajo, como tememos, habrás que pensar en nuevas y variadas expediciones. Elmundo está lleno de nuevos paraderos, al fin y al cabo, donde esperan sueños de tal riqueza; que valen todos los viajes de ida, y en una de esas, ninguno de vuelta..."
Comentario de Cristina hace 3 años y 42 meses
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Precioso. Enhorabuena.
Comentario de justiniano albero hace 3 años y 42 meses
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Uff... no hay palabras. Todos deberíamos tener alguien que escribiera así... Bon voyage
Comentario de cualquiera hace 3 años y 42 meses
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Otro uff, uff...
Comentario de MARIBELI hace 3 años y 42 meses
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Me pasa con tus post que, la segunda vez que los leo, me gustan más que la primera. Chapó.
Comentario de Mariquilla hace 3 años y 42 meses