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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

la panadería

Por las mañanas, antes de la piscina, íbamos a por el pan y a por más cosas. Aquello era un mandado... Y otro, y otro. Porque yo, además de jugar y escuchar a Presenta vender las acelgas, las coles, la sandiaaa, con su burro, repiqueteando adoquines debajo de mi ventana, también hacía recados en las mañanas de verano.
Ir a por la leche, ir a por alguna lista escrita con la letra larga de mi madre y sólo descifrable por el tendero, ir con el dinero justo y dejarlo con el papel encima del mostrador, pasear con mi madre entre los puestos del mercadillo y con cuidado para no romper tiestos, que el que los rompe los paga y se los lleva, llevar agua a los pintores, que encalaban la fachada de la calle para las fiestas, ir a llevar algún regalo, recado o qué se yo a casa de una vecina y volver con cinco pesetas apretadas y sudadas en la mano y salir corriendo a la plaza cuando bociferaban por melones y sandía era todo uno... Aquellos eran mis mandados... Y aquello era una fiesta.
Oir a Presenta desde la cama y saltar a desayunar era una misma cosa. Empezaba el día y empezaban las tareas. Todos los días haciendo lo mismo y todos los días diferentes y especiales.
Días lentos, entonces, días largos. Días largos de un niño de cinco años.
El último de los recados terminaba en la panadería.
No me podría parar a contártela, porque la tengo aquí pegada, con tantos detalles, que no sabría cuáles destacar para explicártela. La harina, todo estaba lleno de harina. El almacén oscuro y seco, pero también resguardado del sol de julio y agosto. Las manos grandes y la sonrisa larga del panadero. Y luego, la bolsa con el pan caliente, al que le iban sobrando los picos que antes habían asomado. Hasta la nariz se me llena de su olor con solo imaginarlo y la lengua del sabor seco y caliente, sabroso y especial de aquel pan.

La panadería y los recados. Pienso mucho en ellos. Me acuerdo de ellos cuando aún se disfrutar de un día normal. Esos en los que hago lo mismo que todos los días pero, magia, cada uno es distinto al anterior.

Referencias

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Comentarios

  1. También recuerdo la panadería: de chico, iba a por el pan a la panadería de la calle. Compraba el desayuno y los bollos suizos para el almuerzo con sus dos rajitas de crema. O los croisants (curasanes, decíamos). El olor. Sí. Sigo sintiéndolo. Y el frio del invierno, con mis pantalones cortos. Eran los recados. Y las vueltas. Ahora no se manda a los niños a por el pan, yo a veces si voy, cuando no hay congelado, para que mi hija desayune, son otros tiempos.

    Comentario de francisco aranguren hace 3 años y 42 meses


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