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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

Una nube de té en la bañera

Las acacias o las tuyas o eran mimosas… Estaban llenas de flores. Eran las flores que estaban pegadas a la cortina de la ducha. De plástico opaco y de color blanco y amarillo. Algunas ramas más oscuras, simulándose hojarasca y flores. Flores amarillas y claras.

Miraba las copas de las acacias o las tuyas o las mimosas y sólo mirándolas podía sentir su aroma aunque estuvieran tan altas. Olían a plástico y a nuevo. Aquellas cortinas estaban recién puestas en el cuarto de baño.

Primero sonó el grifo, dejando caer el agua caliente, haciendo ruido y manejándoselas para intentar despegar el tapón con su caudal. Después se paró y caliente y lleno de espuma, dejó salir el vaho y el olor a gel de baño infantil.

Cuando todo estaba preparado, llegué yo. Allí me dejaron. Y con esa facilidad que tengo para perderme en los vacíos, me quedé sola hasta que el agua se enfrió, empezó a aburrirme hacer olas y se terminó la espuma del jabón.

Entonces, descendí a ese mundo donde ahora entro con facilidad, pero por aquel entonces, sólo lo había hecho través del agua. Sí, del agua: lo vengo haciendo todos los domingos, desde que tengo uso de razón, desde aquellos días en los que se olvidaban de mí en la bañera. Cuando empieza el buen tiempo y el sol se las apaña para colarse por la ventana del cuarto de baño, los domingos siempre tomo un baño largo, hasta que el agua está casi fría. Cuando la espuma empieza a desaparecer y llega ese poco de angustia, aparece el otro mundo. El agua tiene que permanecer quieta y la mirada posada sin esfuerzo sobre la capa superior. Distraída… y de repente: aparecen.

Las casas y las avenidas. Los ciudadanos del mundo del agua. No hablan, me miran y no juegan. Se quedan absortos, pegados a mi mirada. Y nos hablamos, sin palabras. Nos dejamos caer, como el agua que se desprende sin querer desde el grifo y sin remedio, choca con la que ya está tibia en la bañera. Y la angustia y lo inevitable se mezcla con el aburrimiento dulce y empalagoso de un domingo por la tarde.

Nunca les he preguntado a los otros si ven ese mundo. Supongo que no, siempre pensé que no. Si todos lo tuvieran hablarían de él. De cómo es el suyo. De cómo las ramas de acacias, mimosas o tuyas se convierten en personajes de un cuento personal y diferente.

Quizás es el mundo de los solos. Yo soy una sola. Menos los domingos. Los domingos son los días del otro mundo. Esos días, con suerte, ella (la soledad) era mía: desgarradora, entera y tierna y hacía lo que yo quería. Y entonces, era yo la que la dejaba sola.

Referencias

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Comentarios

  1. La soledad es el alimento del luchador, la recompensa del héroe y el castigo del villano. Tan buscada como odiada, nunca se quiere para siempre cuando se logra y siempre se busca cunado no se tiene. Los domingos, la soledad es el altavoz de la conciencia y el espejo que nos permite vernos la espalda.

    Comentario de justiniano albero hace 3 años y 42 meses

  2. La soledad eterna mata si no la matas tú a ella primero

    Comentario de Juan de la Huerga hace 3 años y 41 meses


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