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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

Buenas ideas

Uno de estos días de calor insomne, descubrí a la sombra del aire acondicionado el libro tibetano de los muertos. No lo he leído, ni siquiera le he visto las tapas, pero me ha dado pie, esta tarde calurosa escondida en la piscina, a descubrir un pensamiento entre largo y largo del agua azul clarito.

Resulta que hablaron de paso en un documental sobre ese libro, donde se narra, al parecer, la experiencia con las reencarnaciones y con lo que ocurre al perder la vida. Del mismo paso, comentaron los casos de Occidente, donde personas que han estado con un pie en el game over, contaban que en esos instantes todo era calma, tranquilidad y equilibrio. Luz y nuevas sensaciones, muy placenteras.

De un tiempo a esta parte ando preocupada por la vida, la vida corta, insuficiente, que necesito alargar, porque después, ¿qué puede haber más?

Hoy, entre largo y largo, me tranquilizaba. ¿Para qué puede uno angustiarse con lo que haya al subir el último peldaño, si no sabemos lo que es? ¿Y si al final, es mejor? ¿No es triste vivir 70 años preocupado con aprovechar la vida, el momento, el instante, con angustias y sin dejar ninguno de esos segundos a la contemplación, la tranquilidad, el dejar pasar las hojas y las horas, atiborrando de cosas los minutos y sin descanso, para que luego, lo que venga después sea más placentero?

A este pensamiento, de punto en boca a las ideas angustiosas de la contrarreloj, le siguió otro, tan tranquilizador como este: Todos, absolutamente todos, tenemos los mismos problemas. Los mismos miedos. Se reproducen aunque tengamos más o sepamos más. Al final sólo cuenta lo que se es, y todos somos iguales. Verás, al volver a casa, todos tenemos que lavarnos las manos: unos se quitan la tierra del campo, otros la pintura blanca, otros los hilos de coser, el olor a monedas contadas, las agujetas de firmar papeles o los dedos marcados de teclas de ordenador.
Todos nos sacudimos las mismas soledades y los mismos complejos. Los mismos sueños con distinto papel de regalo.
Lo mejor que tenemos todos es querer avanzar, pero quizás no haya que mirar a los lados, a ver por dónde van los demás. Lo mejor sería mirar dentro, ¿verdad? Y echarse a andar.
Al final, esta tarde de piscina y sol, te paras y dices: bueno, está bien. Ya sólo quiero ser yo. Ya sólo quiero disfrutar de este tiempo y el que venga detrás será una aventura, que como esta, la tendré que vivir sola, pero agarrada a tu mano. Y este, este tiempo, lo haremos relativo, porque ya que no es eterno, mejor vamos a no tomarnos tan en serio todo lo que en él pase. Al final, y eso ya lo sabía, hagamos lo que hagamos, hay cosas que siguen pasando, hay cosas que nunca cambian, y otras, que por más que nos empeñemos, no van a seguir igual.

Qué tranquilidad para este 18 de agosto, que escupe fuego por todos sus poros y sube la tensión arterial. Qué tranquilidad haber vuelto a surcar mi océano particular de 25 metros y color azul. Da que pensar.

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