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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

Aún me acuerdo de la planta 20

Faltaban diez minutos.

Llovía. Poco, lo justo para aún no necesitar paraguas. Lo justo para que se mojara el bolso, los zapatos y el traje que había elegido para la entrevista. El único traje, el de las entrevistas. El único bolso, el de todos los días, a juego con las botas de color berengena.

Era Madrid. Eran las cinco. Era un edificio de veinte pisos, donde no se puede llegar con un mapa callejero y sólo queda la ayuda de un taxi.

Un café para descontar otros minutos más.

Antes de llegar al ascensor, paso mis ojos rápidos por el directorio y chequeo la planta. La doce.

Me hacen esperar. A mis diez minutos previsores y eternos se les suman quince o veinte de descuento. Y espero: primero en un recibidor lleno de revistas, por el que pasan lánguidas secretarias, distinguidas ejecutivas y personales diseñadoras.

Me empiezo a volver borrosa y me entran las dudas. Empiezo a quedarme difuminada y casi parece que me han visto, porque me pasan a una sala con una mesa brillante y unas sillas paralelas y perfectamente ubicadas. Unas sillas, que las veo ahora diferentes (ahora son sillas cansadas, aburridas, rutinarias, llenas de mentiras y buenas palabras, de propósitos, mejores deseos y algunos euros negociados desde el borde de cada una de ellas y con las patas de atrás sin dejarlas posar en el suelo). Unas sillas de esas, de oficina, niqueladas y brillantes. A medio camino entre el saldo y el diseño, para quedar bien.

Yo no me siento. Me acerco a la ventana y veo Madrid. Desde un piso veinte.

Aún no he hecho la entrevista pero estoy arriba. He llegado hasta aquí.

Se que luego hubo una entrevista, se que luego hubo unas promesas por mi parte (trabajar hasta que las pestañas se bronceen bajo la luz eléctrica; conseguir objetivos y ganarme el sueldo sólo si me lo he merecido; jurar que el trabajo me quita el sueño y que más allá sigue habiendo trabajo; ...). Se que luego hubo una propuesta (pagarme la mitad de lo que me merecía pero una carrera prometedora en el mundo de la publicidad) pero de ella, no me acuerdo. Se que esa tarde estuve en una nube. He llegado hasta aquí, hasta un piso veinte de Madrid. He llegado sola, dejándome guiar por un taxi. Jugando a correr aventuras.

Al final, la aventura fue decir que no y volver a empezar.

Y siempre, volver a empezar. Volver a casa, a la casa de cada uno, para seguir el viaje de Ítaca.

Eso pensaba esta tarde, estrenando oficinas: mesas largas y blancas. Sillones grises e iguales. Una ventana por donde se escapa Sevilla y por donde salgo corriendo.

Ya no necesito ver la ciudad a mis pies. Es más, ya no quiero verla así. Prefiero ver sus tejados, la tarde que llega antes de tiempo y escuchar como crepitan las teclas del ordenador. La ilusión, la otra ilusión. La de verdad. La que viene con el esfuerzo. La de toda la vida, la que está en casa, porque no hay nada como volver a casa.

Hay tantas cosas que empezar a hacer... Y todas pasan por llegar a mirar al cielo y la puesta de sol por el Aljarafe y muy pocas pasan por mirar las noches y las luces a los pies de la planta veinte de la oficina.

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Comentarios

  1. Madrid se vende caro, pero siempre quiere comprar barato. Es lo propio de los especuladores de almas

    Comentario de justiniano albero hace 3 años y 40 meses

  2. Siempre me ha gustado mirar los tejados de las ciudades. Dicen mucho de ellas.

    Comentario de mar hace 3 años y 40 meses


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