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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

la luz del sol

La luz del sol previene depresiones de invierno y ayuda a curar las maleas malas. Eso dicen. Lo juran en una página web que habla de salud.
La luz del sol entra a raudales por las ventanas, ahora, entra por todas las rendijas y hasta por las ventanas grandes. Vemos los tejados y las antenas y las nubes deformes y blancas en el azul eléctrico del cielo. Del cielo de otoño.
Por la tarde, la luz es amarilla y hace como que juega en la pared del pasillo. Naranja, malva y amarilla. Paso por el pasillo y yo también juego: no me voy de aquí hasta que no me vea en la pared. Y conmigo hace sombras chinas y me hace cosquillas.
Sigue la tarde y la luz se va.
En los adoquines de la calle retumban los tacones. Qué curioso, sólo suenan cuando es de noche.
Después, el autobús me arrastra a casa. Sigo bajándome en la misma parada, la que me traía de la facultad, de noche.
Es curioso, a veces las noches son aquellas y yo soy la de aquella noche. Aquellas noches, tan iguales, tan gemelas, que sólo fueron una noche.
La calle está en silencio: Un perro, un gato, un borracho y un taxi con luz propia, verde. La calle, esté mojada o seca, es la misma de ayer, la de la misma noche de hace un año.
Vuelvo a casa, despeinada, sin luz. Vuelvo a casa pensando: el sol volverá a brillar mañana.

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