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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

Espíritu de sirena o qué se yo...


Era de noche y no era Roma. Era un pueblo tranquilo de Extremadura. Al doblar una esquina la vi: una fuente de granito, una fuente vieja y que había perdido su encanto y su utilidad. Ahora es sólo un adorno. Antes fue el eje central de la plaza del pueblo. Ese que se vino arriba con la vuelta de las velas de América. La cosa es que ella estaba allí: cantando, muerta de risa y con cuatro caños que montaban una verbena contra el agua estancada al dejarse caer.
La cosa es que yo también estaba allí, con vestido de tirantas y zapatos fáciles. La cosa es que me subí.

Y no se... No se si somos sirenas o es que hemos visto muchas películas, pero no hay fuente de pueblo, piscina en las bodas y riachuelo de noche que no me provoque, me atraiga y me haga caer en sus redes. No hay agua fría y quieta, oscura y de estrellas con luna llena, que no me acerque al borde de piedra y quiera que me quede allí.

La cosa es que me subí y volví a casa empapada y con cara de sirena. Si París bien vale una misa, Hervás, las fuentes y el verano, y por supuesto Anita, bien valen un resfriado.

Felicidades, Anita (hoy cumple 75). Anita la sueca, que no era italiana, aunque no me extraña que en Italia también la quieran como si fuera de allí. Algún día caeré en una piscina, fuente, estanque, riachuelo y también pensarán que yo soy de allí, del agua.

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