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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

sí que da de sí un semáforo

No se si me vas a entender. Verás: estábamos en un semáforo largo y serio. Los miraba de reojo. Ellos dos, en el cuatro por cuatro y yo, en el dos por dos. Ellos dos, serios, distantes y comprimidos en un asiento de piel negra y ribetes en gris claro. Ellos dos, pegados al espejo retrovisor y al cristal delantero. La miro a ella y detrás, le veo a él. De repente, no sé, pero los dos mexicanos (ella de pelo negro y brillante y él, de gafas y nariz chica y aguileña) se empiezan a reir. Entonces, empiezo a creer en los anuncios de coches. Verás, entonces, los dos asientos delanteros, empiezan a crecer, al ritmo de sus risas y aunque no tengan música, empiezan a escuchar una que yo no se reconocer, y desde el volante hasta el final de los brazos de él sólo hay kilómetros, pero él, con un abrazo, los hace suyos. Y entonces, desde las manos de él hasta las caderas de ella sólo hay centímetros, que recorre apretándolos y haciéndolos más chicos, dejando marcas, surcos y ella, dejándose querer. En cambio, desde ellos dos hasta el resto del mundo hay un mundo. Lejano, otro mundo, ese en el que estoy yo. Y yo los miro, desde el coche de al lado, tan lejos. Míralos, siguen perdidos, pero se parten de risa.
Entonces me recuerdo. Me recuerdo con medias negras, zapatos altos y faldas cortas. En aquellos años en los que las faldas volvían a dejarnos en evidencia y nosotras no éramos capaces de darles un alto al fuego. Entonces sabíamos hacer de las distancias cortas una aventura larga y de los dos centímetros un mundo. Entonces nos reíamos pero no como ahora, que es sabiendo. Nos reíamos como las junglas al ser cortadas a tajos por primera vez. Nerviosas y rehaciéndonos para nuevas aventuras (y con faldas más cortas, claro).
Algunos días, en aquellos días solos, también nos reíamos y en el escalón de casa hacíamos un no pasarán, fumando cigarros cortos que queríamos que fueran eternos.
Y yo vuelvo a casa, porque siempre vuelvo a casa. Y más estos días, en los que las faldas han crecido y los sueños se han desmejorado. Hoy con los ojos llenos de humo y los sueños tristes, después de haberlos conquistado (míralos, los míos están todos pegados en una vitrina. Quietos, dóciles y con inscripción digna de campeonato), y ellos, los mexicanos, ellos... se escapan sonrientes, con la suerte de conquistar un nuevo mundo: al menos, el que va del volante al sillón de piel y de sus besos hasta las rajas de sol que mañana se colarán por la ventana.

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Comentarios

  1. Enhorabuena por alcanzar las 10.000 visitas al blog y conseguirlo en tan poco tiempo

    Comentario de justiniano albero hace 3 años y 38 meses


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