Silk cut
pilar lópez casquete de prado - 20-10-2006 20:32:06 | Categoria: Te lo juro, por el plástico más duro
Eran las tres y aún estaba montada en el autobús. Iba leyendo La Dalia Negra. Página 174. Eran las tres y fuera todo estaba mojado y oscuro, y no eran horas. No tenía hambre, no tenía frío, no tenía ganas más que de estar haciendo lo que estaba haciendo: leer la página 174, con un dedo ya puesto en la 175. Apacible, tranquila y con medio cuerpo apostado contra la ventana. La ventana grande, dando al río y al carril bici, en el Puente de los Remedios. Simplemente, leía.
De repente, una idea me cortó en dos, como a La Dalia. Un pensamiento me rajó por la mitad como un pequeño corte haría en un paño de seda o una tela pasada. Me dejó tan marcada que hasta pude escuchar cómo me cortaba. No se de dónde salió, tan inoportuno y tan improcedente y con tan pocos motivos. La cosa es que llegó y me paró en seco.
Un día, me dije con no se qué voz, no sé desde dónde, un día, no podré hacer esto. No se refería a que iré en taxi al trabajo o a que perderé la vista, ni a que estaré vieja para ir en autobús o no tendré ganas de leer pegada a un cristal. No, se refería a que un día, no estaría aquí. No sería yo. Y no se cómo es la vida sin mi, porque cuando me di cuenta, yo ya estaba aquí. Lo que es peor: ni siquiera seré para acordarme de lo mucho que me gustaba dejarme llevar en el autobús, atando ideas con recuerdos y con hojas nuevas de libros sin leer. No seré una lista de pensamientos, de pasados y de ilusiones del futuro. No seré ni siquiera un ratito de presente, después de picar el bonobús en la línea 34.
Me dejó tan cortada por la mitad que por unos segundos dejé de respirar, dejé de hacer y me quedé a solas conmigo, mirando por la ventana y preguntándome que para qué.
Mientras a mi me partían mis pensamientos, una pandilla de jubilados atravesaba por la mitad el carril bici, cargados de mochilas y con cara de aventuras. Jubilados de buen ver: uno cantando, el segundo con perilla y el tercero y el cuarto equipados hasta las trancas con lo último en pantalones ciclista de licra y alforjas impermeables para varios días.
Los miré y les sonreí, pero seguí escuchándome.
Lo más gracioso de todo esto (me volvía a decir esa voz mía escondida) es que lo que menos utilidad tiene es revelarse, quejarse o gritar. No sirven de nada los argumentos para defenderse, los de querer quedarse. No sirven las oposiciones, ni el abrigo de último modelo a juego con el bolso (las más monas también se van). Tampoco el que tenga el coche más potente podrá escaparse. Ni siquiera a los que sean más necesarios para el porvenir de la Humanidad les dan tarjetitas de exentos. Los que den más gritos y peguen más duro, tampoco tienen suerte en esta pelea. No sirven las pateras ni las naves espaciales para salir huyendo. El dinero no tiene valor el último día, ni siquiera es capaz de comprar un poco más de tiempo. Ni la inteligencia, que esa no engaña ni echa pulsos contra las leyes de la vida. Y otra cosa que también tiene su punto es que te echan cuando aún te quedan vidas, cuando a lo mejor no has terminado de jugar o no te has cansado de la partida. Cuando menos te lo esperas, también te puedes ir. Esa si que es una lotería. Y todos tenemos suerte. Eso sí que es una injusticia. Malditas leyes. ¿Nadie puede alterarlas? Ya estaban aquí cuando llegamos y parece que por ahora, sin ellas, no hay juego.
No, no tiene gracia esto de ser un día un no ser. Ninguna. No tiene gracia esto de no sentir, de no ser ni recuerdos, pero mientras tanto, no nos queda otra que vivir.
Y pasear en bicicleta.
Y poder correr aventuras, aunque sean las de ir todos los días a la oficina.
Respiré hondo y antes de llegar al Puesto de los Monos ya estaba de lleno en la página 175. Con más aire en los pulmones, un poco más vieja, con más sentido pero con más ganas y... Con un poco de hambre: Hoy me como un filete de ternera. (Y lo que me echen).
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