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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

un cuento y un cigarro

En mi casa ya hace frío. Igual que el otoño pasado, el aire se me cuela por algunas rendijas y deja la casa helada para cuando llego por la noche.
No se por qué, estas noches frías, en las que el aire azota las persianas y se deja sentir, en las que el frío está también dentro de mi pijama, me acuerdo del vino y de aquella noche en la isla.

No se ponerle fecha, ya no se ponerle muchas cosas. Tengo cuatro recuerdos bien colocados, un mantel, tres platos y dos botellas y luego más vino cuando las servilletas reposaban destrozadas sobre la mesa.

Las conversaciones, también se me despegan. Empiezan siendo brillantes, retadoras y ambiciosas. Empiezan contando historias y veo cómo se van haciendo más pequeñas a medida que se alejan. Porque en los postres, para mi, ya no había conversaciones. Había miradas, ganas y un juego peligroso para ser impares.

La cosa es que aquel juego me dejó con el número tres, o quizás hice trampa para conseguirlo. Al final, me dejó fuera y se fue a seguir jugando a otra mesa en el casino, ella con su pelo largo y el con su brazo fuerte y moreno, sobre su cintura. Yo me quedé frente al mar. Mojándome de la brisa de la noche y despertándome, para encontrarme de nuevo con una copa de vino en la mano. Las olas atacaban el aire y este, me revolvía los rizos contra la cara. En la mesa aún quedaba tabaco. Busqué un mechero y un cigarrillo y dejé que se apagara mirando el faro. La otra isla. El silencio más allá de la tormenta. Respirar suave y sentir. El sabor del vino mezclado con el cigarro quemado. Sentido desde los labios hasta el centro de mis pulmones.

Estos días de cuentos que no son míos, de islas de Noruega, de historias de hombres que salvan vidas en los primeros platos, de mujeres con conversación inquieta en los aperitivos y de ganas de querer gustar, haciendo asaltos para ganar, me recuerdan a estos de frío. Me recuerdan a estos días míos, que siempre y sin ningún motivo saben a vino.

Entonces, salgo, como lo habría hecho aquella noche, a jugar con el frío. Enciendo un cigarro despistado, inusual y lo fumo en la terraza, en pijama. El sabor del tabaco se mezcla con mi calle, plana, larga y recta. Con sus líneas blancas recién pintadas, que sólo las corta un coche o dos. La calle, enseguida se repone y sigue quieta. Los árboles, cansados de luchar contra tanta agua, parece que andan medio derrumbados y sólo se mueven los semáforos. El murmullo lejano de la bodeguita, con dos borrachos que no tienen hora. Un grillo y un par de murciélagos. Las ventanas oscuras, menos las de la residencia. En la cocina, las enfermeras del turno de noche están viendo la tele. Los abuelos, sueñan más de la cuenta. Y poco más.

Fumo profundo y veo las grúas paradas en el barrio nuevo. Una ambulancia cruza el puente. Encendida y silenciosa. Esta noche no hay luna, pero si acerco el oído hasta la autopista, suena a mar.

Me gusta esta forma de fumar. Y esta soledad.

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