Un vestido de flores de loto para esconderse
pilar lópez casquete de prado - 26-10-2006 00:38:25 | Categoria: Te lo juro, por el plástico más duro
Si me quiero esconder, si otro día me quiero perder y que nadie me encuentre, ya se dónde me metería. Me acercaría a uno de esos restaurantes chinos, que tienen la entrada atiborrada de cosas: leones rojos de porcelana, fuentes con peces naranja y círculos de loto verde, lamparitas doradas de papel de arroz y paisajes orientales. En uno de esos paisajes, de plumas ligeras y plantas lejanas, debajo de una de sus hojas grises, iría a pararme. Y allí pasaría la tarde, con un café. Mirando a la gente que pasea, o que como hoy se esconde de la lluvia. Sí, me escondería para mirar. Formaría parte del decorado y sería tan preciosa como el paisaje plano y ligero. Tan quieta y tan tranquila. Iba camino de la tienda. La mía. La de los vestidos. Pensando en esto y en que qué pena que ya no vistamos con más vestidos. Llegué a la tienda, desde lejos, con luces vainilla y suelo negro de madera. Estaba oscura y triste. El francés, aburrido, miraba hacia la puerta y al llegar, antes de decirme hola me dijo que no podía con esta lluvia. Y le entiendo: tan alto, con su camisa blanca y los vaqueros negros, detrás del mostrador tan bajo, que no le deja apoyar el codo, para dejar luego caer la cara sobre la mano, mientras mira la calle. Al francés no le gustan estos días. No se acostumbra y a mi no dejan de sorprenderme sus vestidos.
Me llena las manos de perchas, de trajes oscuros. Es la temporada. Aunque se salta la percha de los grises y los negros, después de mirarme y señalarme con el dedo: no, estos no te van. Y llegamos al final. Allí está el verde de flores. Rosas, rojas, y distintos tonos de azules y verdosos. Tiene todos los colores y es como la pared del jardín chino. Ese que está en la puerta del restaurante.
En el probador, cruje la madera y cae detrás mía el telón de terciopelo de la cortina. Allí, los vestidos y yo. No hay duda, el mío es el de flores verdes. Aún así, hago el teatro y me los pruebo todos. Aún así, dudo. Pero “yo vine a por el verde” (le digo desde dentro del probador y el dice un “si, si, si” resuelto y francés).
Me prepara la bolsa y me cuenta cosas de su trabajo mientras dobla el vestido y lo guarda.
Me voy y antes de cerrar la puerta, lo vuelvo a mirar. Se vuelve a quedar solo, en su tienda de madera negra y luces vainillas. Y yo salgo a la calle. Sonriendo, al menos tengo un día donde llevar vestidos, como en los años cincuenta. De seda, con mangas japonesas y estampado de flores de loto.
Y vuelvo al trabajo, abriendo el paraguas y mirando el toldo de la tienda, que me dice adiós, en negro sobre blanco y que tenga un buen día.
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