miedica
pilar lópez casquete de prado - 16-03-2007 00:43:02 | Categoria: Te lo juro, por el plástico más duro
Esta noche se ha ido la luz en la piscina.De las ocho calles, sólo había ocupadas tres de ellas y desde este lado de la mampara de cristales, nos hemos quedado a oscuras y, como siempre, hemos seguido en silencio.
Por las escaleras que suben a las otras plantas del gimnasio, el sonido de las zapatillas y los rumores de las músicas de otras salas, empezaron a llegarnos subrayamos, mientras que algunos se quedaban paraos detrás de los cristales, mirándonos.
Justo antes de todo esto, yo había empezado un largo nuevo, cuando los focos se han apagado. Entonces, he saltado del agua, con miedo y me he quedado tan quieta como los que al otro lado seguían mirándonos.
En las calles del alrededor, los bañistas seguían su curso, sin perder el pulso ni la respiración. Uno, uno-dos, uno; uno, uno-dos, uno... Y sus brazos se hacían notar suaves, deslizándose sobre el agua, sin perder el ritmo y dejando ese sonido suave, tan insinuante que es el de romper despacio en la superficie. Yo en cambio, asustada, allí seguía, de pie y casi al principio de la calle, con el corazón rompiendo el ritmo que ya no marcaban mis pies.
No me quedaba otra. Tarde o temprano, tendría que volver a meter la cabeza debajo del agua. Tendría que seguir hasta al menos, terminar los veinticinco metros que había empezado.
Curiosamente, el fondo de la piscina estaba casi alumbrado, casi blanco. Justo al meter la cabeza me di cuenta que, todos esos dragones, fantasmas y brujas que uno tiene guardados, junto con dos tiburones blancos y una pantera de piel de marfil, me seguían las brazadas. Cuando sacaba la cabeza y todo volvía a ser negro, parecía que paraban, pero era volverla a meter y allí estaban ellos, dejándose ver, haciendo ruido, dándome miedo y pegando su aliento a mis pies.
En las calles contiguas todo parecía que estaba calmo y vacío. No había ningún nadador. Ninguno por delante de mí. Sólo en mi calle, sólo cuando metía la cabeza, aparecía el miedo. Y me hacía correr.
Al llegar a la mitad de la piscina, decidí seguir pero con el miedo. Pero con el miedo mío, haciéndolo mío. Sabiendo que hiciera lo que hiciera, era mi miedo y me iba a acompañar. Primero un brazo, las dos piernas, el otro, y los ojos cerrados al meter la cabeza en el agua. Fuera, aire en los pulmones y los ojos, otra vez bien abiertos. Tan abiertos, que podía ver los de los otros, los de fuera, pegados a los cristales. Y la luz, la otra luz y la música, que sí seguían al otro lado de la mampara. Y con los ojos curiosos, las narices aplastadas, al vernos (seguir) nadar sin luz. Mirando las tres calles ocupadas y detrás nuestra, todos nuestros fantasmas, nuestras brujas y mis dos tiburones blancos, seguidos por la pantera de piel de marfil.
Sí, tengo miedo. A veces tengo miedo, pero cuando me doy cuenta, ya he llegado al final de la calle. Me sacudo las gotas y me quito las gafas. Miro al final de la piscina y ya no están. El tiempo justo, para volver a respirar.
Ahora puedo volver a empezar. Puedo volver a meter la cabeza en el agua y abrir los ojos. Esta vez no estarán detrás de mí. Esta vez, seré yo quien vaya tras ellos. Al menos, hasta llegar al final de la calle. Quizás, me vuelvan a perseguir, pero la calle terminará para ser yo la que los encare. Y les diga: "venga, venga, venid hasta aquí".
Después, como pasa siempre, ha vuelto la luz.
Después, como siempre, uno se ríe de estas cosas y también se da cuenta que con el miedo se va a muchas partes, aunque parezca que no. Se puede seguir andando (nadando). Se le puede mirar a la cara. Porque el miedo, a fin de cuentas, tiene tanto como tú.
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