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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

más palomas

Ya sabes que no me gustan. Seguro que me has oido decir que tienen fama, pero que no son buenas. Huelen mal, corroen donde se dejan caer y encima, a mi, me atacan.
Voy por el carril bici y allí están, saliendo de los matojos, poniéndome las zancadillas.
Estoy en la parada del autobús y se dejan caer sobre mi rebeca.
Bueno, pues hablando de ellas, una se ha instalado en mi terraza. Primero lo intentó una pareja dentro de mi despacho y finalmente, alguna ha encontrado casa en mi terraza.
No está mal: buena orientación y ni siquiera ha construido el nido. Ha posado su culo y sus patas sobre una maceta enorme, sobre una palmera enana, con sombra y a resguardo de la lluvia.
A esta la dejé, por experimiento. Luego, por compasión y después, porque acabamos siendo lo mismo.
La he estado vigilando: de vez en cuando subía con cuidado la persiana y allí estaba ella. Sola, con cara de aburrimiento, de susto y un poco triste al mismo tiempo.
Oía la persiana y se volvía hacia mi.
A veces llegué a pensar que ella también me estaba leyendo la cara y casi veía lo mismo, porque por momentos, perdía el miedo y ganaba la curiosidad... Aunque seguía la tristeza en sus ojos negros de alfileres.
Plantó a la sombra de la palmera un par de huevos.
Se lo conté a mi madre y dijo que se debería turnar con el palomo, para empollar los huevos.
En todos estos días, cuando ha llovido, ha hecho viento y cuando no podía dormir, el palomo no ha aparecido. Estaría el día que tenía que estar pero, para extrañeza de mi madre, esta es una madre soltera.
Hace dos días, subí la persiana, como muchas otras mañanas, para ver a los dos huevos y su paloma. Hace dos días, la paloma no estaba y los dos huevos respiraban al unísono y eran de un amarillo muy feo. Hoy siguen respirando y ella recorrerá los tejados, las calles y los árboles buscando pan y algún gusano.
Estoy orgullosa de mi amiga, la paloma. Nunca pensé que soportara la tormenta de antes de ayer y daba por hecho que aquellos huevos acabarían en la basura. Ya mismo los vemos volando. Ya mismo, los tenemos criados.
Cualquiera lo diría, que las cosas cambian, así, de un día para otro.


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