El hombre del acordeón
pilar lópez casquete de prado - 28-05-2007 08:04:26 | Categoria: Te lo juro, por el plástico más duro
Siempre está por aquí al lado. Dando vueltas, rondando por mi calle. Ahora mismo está tocando el acordeón en la terraza del bar de abajo. Llegan sus sones. Algunas canciones no las conozco, otras son balses, boleros y la mayoría, tangos argentinos que suenan de otra manera en su acordeón. Ahora mismo no lo estoy viendo, pero estoy segura que sigue sonriendo y tranquilo, abriendo sus ojos verdes, los ojos más verdes, más bonitos y más brillantes que he visto nunca. Haciéndole juego con la dentadura, perfecta, pero que es perfecta porque sabe sonreir de verdad.
Es delgado y seguro que tiene más edad de la que parece. Yo creo que es Rumano. Curioso, Rumanía: Un país al que sólo se relacionarlo con Ceaucescu y su esposa Helena, Bucarest, la costa del Mar Negro, su bandera (azul, amarilla y roja), los relatos de José María y su idioma de raíz latina. Es curioso que en todos estos años, no haya aprendido nada de Rumanía, más allá de lo que se quedó en el colegio, Informe Semanal y los libros de Santillana. Es curioso que él debe saberlo todo de mi barrio y seguro que sabe mucho de mi, sólo con mirarme.
Es curioso que como él haya muchos más en mi barrio, y apenas tengo ojos para verlos.
A él si le veo. Le veo porque me incomoda. Me duele su sonrisa constante, me araña su paciencia y su calma. Me deja en evidencia su clase.
El viernes, mientras yo corría entre el gimnasio y el trabajo, mientras pasaba acelerada por los lineales del supermercado, buscando congelados, productos envueltos en plástico y bajos en calorías, él andaba rondando por el puesto del pescado y a él le daba vueltas su nieta, una de sus nietas, o una niña pequeña que se le había enredado por los pies. Lo miré de reojo y le seguí los pasos. Jugaba a comprar lubina. Pedía al pescadero que la pesara, la miró y le preguntó por el número de raciones. Siguió mirando el puesto, sin decidirse, esquinándose, marchándose poco a poco y como otras veces, que lleva a la espalda su acordeón, esta vez se llevó sus ojos cansados y dulces y su sonrisa templada y larga.
Yo me quedé mirando la lubina, que aún estaba en el peso. La cara contrariada del pescadero, que le seguía con una lista de frases dichas tan bajo que ni las oía.
Y se fue, y la niña, seguía jugando a rondarle.
Esta noche está aquí debajo. Esta noche ha vuelto a ponerme en evidencia. He comido lubina, sí, y no, no soy capaz de sonreir como él.
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