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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

Las galletas

En estos días, recuerdo con bastante claridad los desayunos de cuando tenía 14 años. Supongo que aquel año, decisivo en mis estudios (un ciclo que terminaba, una nueva vida en Sevilla) empezaba cada mañana con el recuerdo de una pesadilla innecesaria pero reiterativa (acababa de terminar 8º de EGB, con sobresaliente en todo menos gimnasia): El profesor de Inglés, con su peluquín y sus mofletes rojos, no me dejaba entrar a hacer un examen por mi mal comportamiento en clase. El profesor de Ciencias me decía que había hecho mal el examen, que me había equivocado de pregunta, que la que él había dictado y que había que contestar era otra. El profesor de Sociales me decía que a dónde iba, si el examen fue el día anterior y no me había presentado.
Así empezaban las mañanas: Con ese escalofrío caliente, que no desaparecía y no tomaba cuerpo de pesadilla hasta que no salía de la ducha y me sentaba frente a un Cola Cao y mi caja de galletas Campurrianas.
Estos días, este mayo, parece que tiene el mismo cuerpo que aquel. Quizás por eso vienen tan de cerca el sabor de las galletas, mojadas en Cola Cao frío. Campurrianas. Gorditas y poca cosa. Duras y consistentes. Con sabor a tostado y a seco. Un toque dulce, el justo para no quitar protagonismo al del chocolate de la leche.
Han pasado muchos años y han pasado muchas cosas, pero Gullón sigue haciendo aquellas galletas. ¿Cuántas cajas me comería? Porque era empezar y no saber cómo dejar de meter la mano en aquella caja sin fondo, llena de filas ordenadas de Campurrianas. Un año adicta a galletas Gullón. Quizás mi glotonería hizo aumentar la producción. Generó más ingresos... Ayudó a ampliar la fábrica de Aguilar de Campoo... ¿Quién sabe? Puede que hasta le pagara los estudios a algún joven Gullón.
Creo que desde entonces, lo mejor de las mañanas, de los días normales, son los desayunos. Sacuden pesadillas, despiertan las ganas y ponen las cosas en su sitio.
Las acabo de buscar. Están. Existen. Igual no soy tan mayor. La textura de la galleta, fotografiada con su mejor cara para la caja. Los colores, ese amarillo lavado y ese envase rectangular, donde dejar caer un buen número de ellas... Es el mismo, pero ellas no. A ellas, les han cambiado el nombre, ahora se llaman Campisanas. Antes, desde luego, me parecían que eran sanas. Ahora, empiezo a dudarlo. No creo que pueda dejarme atrapar. Dime de qué presumes...

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Comentarios

  1. ¿Cómo qué? Las Campurrianas EXISTEN aún. Sigue haciéndolas Cuétara, como toda la vida. Y son igualitas.

    Comentario de Teresa, la de la ventana hace 2 años y 29 meses


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