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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

La representación de Navidad

Vaya... Ahora que me doy cuenta, casi hace unos 25 años que no voy a una.
En la última a la que fui, hacía de pastora. En aquellos años, no escribía. Me dedicaba a la pintura y al canto. Al menos, eso decía mi profesora, Doña Mercedes, que, para no ser menos, aquellas Navidades había decidido que en el Teatro Capitol, sus niñas preferidas teníamos que cantar una estrofa entera y en solo. A mi me tocó una que decía algo así como "Marinero, ¿a dónde vas? Deja tus redes y reza, que ya llegó navidad... ". Una canción de Perales, que ya estaba trasnochado, pero se ve que para ella seguía estando de moda. A nosotras no nos disgustaba: llevábamos un mes cerrando el libro de Naturaleza para abrir la libreta de las canciones y esperar el tono de la guitarra de Doña Mercedes.
Llegó el gran día y allí iba yo, mitad ataviada de pastorcita, mitad vestida de extremeña. Con la canción ensayada "con al-fi-le-res" como le gustaba decir a la Doña (pero sin mucho esmero, que la niña canta y se maneja). Me había pasado más tiempo poníendole flores y barquitos al papel de cuadros, taladrado para el bloc y escrito con una enrevesada letra gótica de colores pastel, que ensayando mi estrofa. Mi tema. Confiaba en mí. Ya era una estrella.
En fin, que llegó el 22. El Teatro Capitol.
A una determinada hora, el escenario se abrió, se separó el coro de pastores, ovejas, gaitas y angelitos, y aparecí yo desde el fondo, haciéndome con la mitad del escenario. Manos abiertas, mirando al cielo. Una sobreactuación impecable. No en vano, tenía cierto know how gracias a mis años de experiencia como pastorcita impecable en cualquier belén viviente que se preciase.
Allí seguía esperando paciente el final del estribillo, con mis leotardos de rayas, clavada en el centro justo del Capitol. Terminan mis compañeros, me dan la vez, avanzo unos pasos y me dejo llevar. Hasta la primera palabra. Una dos. ¿Qué sigue?
Me quedo en blanco. Boca abierta. Ojos y manos, pegados al cielo. Miro a mi querido público y curiosamente, lo veo todo negro.
El Teatro Capitol acababa de comerme y no había dejado de mi ni los lazos del gorro de paja de pastora extremeña.
El coro de pastores, ángeles, gaitas y ovejas avanza sobre mi y he quedado en una carcajada larga entre el respetable. Aplausos y más risas.
Menos mal que a esto no viene nadie, ¿O sí?
Mmm hablaré con mi psicoanalista. Es posible que esta sea la razón de que hayan pasado 25 años y siga sufriendo miedo escénico a sobreactuar en Navidad.

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