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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

consigna

Aquel cesped era realmente breve. El cuadrilátero, que para aquella época del año tendría que estar frondoso, con al menos quince centímetros de verde, aparecía con calvas, marcas secas, tintes marrones y amarillos y piedras grises subrayadas.
No creo que la estación hubiera sido seca por sorpresa. Más bien al contrario: Justo hacía una semana que había sido noticia la ciudad en todos los informativos del país por las trombas de agua que había soportado. El estado del cesped se debía más bien a la inoperancia de la empresa pública de parques y jardines, más obstinados en decorar los despachos con (paradojicamente) helechos plastificados y cuadritos de petit point con motivos florales que en cuidar de su auténtico cometido, aquellos cuadriláteros que antes de las elecciones se habían reproducido por todas las plazas de la ciudad.
Las elecciones habían quedado atrás y quizás, lo más importante era hacer confortable aquellos despachos, para soportar las horas de tediosas reuniones hablando de fútbol, secretarias y, algunas veces, de política.
De todas maneras, aquella mañana, del cesped, lo único que me preocupaba era encontrar tallos secos para poder arrancarlos. Sentada, con las piernas hacia un lado, iba dejando aún más hondas y marrones las calvas del verde.
Estaba nerviosa. No estaba segura. Y cuando no estoy segura y nerviosa, aunque intente pensar, no lo consigo. Me pongo más nerviosa y eso me hace estar más insegura.
Hacía un tiempo, había leído que, un famoso artista alemán, de cierta edad, se había desprendido de todas sus posesiones: su obra, sus libros, sus tesoros y premios, aquellos recuerdos de juventud, sus jerseys y sus trajes (dos, de Armani), los regalos de su primera, segunda y tercera boda, las fotos de sus hijos... Había dejado en una pira todo lo que tenía, desde la aspiradora, los papeles del banco y hasta terminar en el Pasaporte. Cuando lo juntó todo en aquella montaña, le prendió fuego y miró hasta que se hizo cenizas. Y yo, imaginando, lo veía como una novia india liberada, feliz y respirando tan hondo, dejando que el aire entrase hasta donde nunca antes estuvo. Contento: se escapó de las llamas. Se escapó de su vida y ahora, la empezaba nueva, sin ataduras y con trampas, pero suya y por estrenar.
Esa mañana, antes de sentarme en el cesped había vuelto a pensar en el artista alemán.
Había seguido pensando en él y en mi vida. En mi mochila. En mis vacaciones. En aquella ciudad y en mi. Inquieta, con la mente en aquella decisión, empecé a arrancar hilitos verdes y marrones.
Después había mirado a mi alrededor. El cuadrilátero estaba rodeado por museos de distinta índole, valor, contenidos, estilo y precios en los tickets. En cada museo había una consigna, donde, como parte del ritual, había que dejar ciertas cosas que parecían elegidas a capricho del guardia de seguridad.
Justo ahí tenía mis ojos pegados, en las consignas. ¿Lo hacía?
Después de un rato sabía que mi decisión no sería mía. Sería tomada por el aburrimiento y el hambre. El hambre me sacaría de allí y posiblemente me llevara a las consignas, que es donde realmente quería estar.
Dejé caer las últimas briznas de cesped arrancadas y me puse en pie. Agarré la mochila y casi a ese tiempo, ya estaba cruzando el arco de seguridad del primer museo.
El guardia, aburrido, eligió mi mochila. La cámara. Tantos gigas de memoria almacenaban las últimas vacaciones, las imágenes de este viaje y las de varias cenas con amigos. Estaban tan lejos ya que en el único sitio que aparecían era en aquellas fotos. Aún así, la cámara ya quemaba en mis manos.
Nerviosa, la saqué de la mochila y la dejé a cambio de un número en el mostrador, donde una mujer con gafas las recogía mecánicamente.
En el segundo museo fue más difícil. El guardia no prestó atención a mi equipaje, pero aún así, insistí. Quiero ir a la consigna. Allí, trasteé en la mochila y me hice con un pequeño neceser, que también dejé a cambio de otro número.
Así fui vaciando la mochila hasta llegar al último museo. Sólo me quedaba la cartera. El Pasaporte, las tarjetas. Algo de dinero...
En aquel momento ya sólo me quedaba la euforia y el hambre.
Canjeé la cartera por otro número. Cinco números en mis bolsillos y una mochila vacía.
Salí a la calle. Me sentí liberada. Podía notar yo también cómo el aire llegaba a huecos de mis costillas donde nunca antes había habido nada.
Podía empezar. ¿Por dónde? Al principio, se lo dejaré al azar.

(Para una Chica de Marte y otra que se llena las manos de pintura y la sonrisa de música)


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Comentarios

  1. pilipili ... :) cada vez lo escribes mejor!!! y he leído el texto 3 veces... beso grande!

    Comentario de lau hace 1 año y 22 meses

  2. Muchísimas gracias, guapa!!!! Me ha encantado...

    Comentario de una chica de Marte hace 1 año y 22 meses


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