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El bolso de Pilipili

Un cuaderno, un ipod, una cartera gigante, besos, barras de labios, entradas de teatro, gafas de sol que han visto todas las tiendas y los bares de la ciudad... Un bolso grande con ganas de salir a la calle

Fernandito está llorando

Sabía que las paredes eran finas. Sabía cómo, sin querer, se escuchaban las conversaciones en la casa de al lado. Se cómo se llaman los niños, a qué juegan, qué meriendan o a qué hora los bañan. Se, por el otro lado, lo cansada que está la madre de ejercer y las ganas que tiene de salir corriendo sin cerrar la puerta.

Todo esto lo tenía claro, pero hoy, que pasé más horas de la cuenta dentro de casa, he notado cómo latía la casa de los vecinos. Era casi como si quisieran entrar en la mía. Mi casa, hoy más chica, encerrada y apretada contra mi, dejaba que los vecinos se hicieran más grandes, tuvieran más vida.

Por eso se desde esta tarde que a Paula le encanta tocar el tambor. Su padre, seguro que tumbado en el sofá, bosteza a mandíbula larga (esos bostezos de sábado-tarde sólo pueden darse tumbado en un sofá;) y la madre, trasquila las macetas en el patio.

Ahora, de  noche, he llegado temprano. He subido las escaleras y quizás mi ruido le ha hecho despertarse. Y soñar. Uno de los más pequeños lloraba solo y rodeado de monstruos. Al rato, seguro que detrás de la luz, la madre suave y de manos finas ha llegado a la cuna. Explicando, con esa lógica que no tenemos, que los monstruos no estaban. Creyendo a pies juntillas que allí no había nadie. Intentando convencer a Fernandito que no tenía por qué tener miedo.

Aùn así, Fernandito se ha tomado su tiempo. Ha llorado hasta quedarse dormido.

Es complicado. Soñar con tener la cama llena de monstruos. Tener pesadillas si se queda vacía. Hacernos grandes y seguir con el rollo de las pesadillas. Con dormir más de la cuenta, con no poder hacerlo, con que la vida pasa y estamos sonánbulos, con que vivimos rodeados de monstruos, con las sombras de las paredes que nos hacen imaginar que vienen a por nosotros....Es difícil saber llorar y saber cómo dejar de hacerlo. Quizás el llanto y las cosas que pican, dan miedo, hacen llorar, etc. deberían estar más a la mano. Si lo estaban cuando éramos hijos de cuna, ¿por qué dejamos que nos las vayan quitando?

Fernandito ya vuelve a estar dormido. Yo hago lo que puedo. Me voy dejando.

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